Qué pena, Céline

Me gusta pensar en los libros prohibidos. Obras perseguidas en algún momento o a perpetuidad, por razones más o menos inexplicables o incoherentes. Ya no se prohiben libros como antes; ahora se maquilla sutilmente lo que no gusta: una línea, un par de palabras, incluso algún capítulo. Nada que internet no pueda brindarle al más curioso tras un par de búsquedas. Pero de ese morbo dictatorial, la adrenalina de lo que no debería ser en letras y páginas, nada. Se lo ha comido, como al resto de lo que parece todo, una falsa democracia. Por eso imagino que poseo escondida en mi estantería alguna obra perseguida, odiada y vilipendiada por otros, aunque esto no pase de sueño húmedo de lector.

Sin embargo, Viaje al fin de la noche (1932), da bien el pego y, si me descuido, satisface mi fantasía. Pero más que por lo escrito, por el que escribe. Louis-Ferdinand Céline aún es un forzoso olvidado. Muerto en París a los 67 años, el autor francés ni tan siquiera intentó forcejear con los grilletes del intento de la expulsión de la órbita cultural. Él era escritor y médico.

Louis-Ferdinand Céline©jimarino.com

Louis-Ferdinand Céline
©jimarino.com

Cató la gran primera guerra y la aborreció, y con ella al resto de los hombres. En la segunda fue acusado de colaboracionismo con los nazis y pasó un año en prisión. Las guerras marcaron su vida y también su muerte, ya que recientemente, en 2011, el gobierno de Francia tuvo que cancelar un homenaje a su figura por la presión de distintos grupos sociales. ¿La razón? La escritura en los años treinta y cuarenta de tres panfletos pacifistas de corte antisemita por parte de Céline.

Viaje al fin de la noche, en una de sus ediciones más modestas (la perteneciente a la colección Obras Maestras de la Literatura Contemporánea, editada por Seix Barral y traducida por Carmen Kurtz) es un libro magnífico. Es un recorrido de la nada a la nada, del inicio de la vida a la muerte. El viaje de Céline es inmenso, magnífico, y discurre por la historia en una de sus épocas más fascinantes y a la vez terribles: los comienzos del siglo XX, la generación del desastre. Céline no cuenta una historia heroica: su protagonista y álter ego, Ferdinand Bardamu, se alista para ver la guerra con sus propios ojos, y ya nunca más será el dueño de su destino. Las cadenas invisibles de un devenir doloroso y sin razón de ser por el final de muerte lo atenazan y lo desplazan de un lado a otro: la guerra, Francia, las colonias africanas y los Estados Unidos.

Bardamu es Céline en gran parte, que recoge y monta pedazos de su existencia pero sin dotarlos de un sentido. Tan solo una constante: el miedo a vivir, la necesidad de una huida perpetua hacia ningún lugar, porque nadie puede ponerse a salvo de la vida sin pisar la muerte. Y ése es el gran anhelo de Céline, abandonarlo todo en el apogeo de una cobardía que no le da una gran amplitud de movimientos. Su estilo es como la vida, ágil, grotesca por momentos y sin capítulos, con un lenguaje muy alejado de lo formal y expresivo hasta el límite. Tan solo ligeras pausas conceden descanso al lector, que en algún momento puede necesitar descansar de la visión de una realidad brutal y dolorosa.

Céline es, aún hoy, un hombre vetado, y con él toda su obra, que no ha recibido el reconocimiento merecido. Una figura de la literatura universal condenada por tres panfletos y por el orgullo de los victoriosos que les impide reconocer las virtudes del adversario. Negar a Louis-Ferdinand Céline honores por su literatura es como negar que Hitler fue una figura carismática. Es el temor absurdo del tabú y la estrechez de miras.

El ser humano nunca es una sola cosa. Desde el primer segundo de vida es muchos, todos si me apuran. Pero la sociedad parece necesitada de un maniqueísmo extremo para que todo siga en su sitio: los buenos, los malos, los que se dedican a esto, a aquello… Da igual lo que uno haga bien o mal, está en su sitio y el mundo sigue girando. Está bien si quieren olvidar a Céline, háganlo. Pero olvídenlo como un gran escritor.