Nostalgia del error

El otro día entraba yo en la Estación de Autobuses de Vigo cuando presencié algo que me dejó perplejo. Ante mí, unos diez jóvenes se retorcían en posturas imposibles al ritmo de música machacona. Por unos segundos creí estar ante un ataque epiléptico colectivo pero, cuando ya estaba a punto de sacar diez lápices para meterlos en sus respectivas bocas, la música cesó y todo volvió a la normalidad. Los chicos bailaban break dance ocupando casi por completo uno de los laterales de la estación. Estaban a gusto, incluso creí diferenciar unas litronas al lado de un montón de mochilas. Cuando estaba a punto de perder el respeto a mis articulaciones y unirme a ellos recordé que tenía que coger un autobús y, con todo el dolor de mi corazoncito de b-boy, partí.

La cuestión es que aquellos chavales no molestaban a nadie. Absolutamente a nadie, porque la Estación de Autobuses de Vigo es un desierto más que de arena, de polvo. Una construcción faraónica que, según parece, será sometida a un nuevo lavado de cara para potenciar su rentabilidad. Así lo quiere la Xunta con el Plan Renove de estaciones de autobuses de Galicia. Algo así como un gasto de alrededor de cuatro millones de euros para pasar una manito de pintura, arreglar estas escaleras mecánicas, borrar aquellas pintadas de alto contenido sexual de las puertas de los baños y todo ese tipo de medidas que son mucho de fomentar el hábito de coger un autobús.

Yo, sin embargo, prefiero que se ahorren el dinero dedicado a la estación de Vigo. Creo que debería mantenerse tal y como está, es más, incluso pondría algún segurata para controlar que nadie toque nada (y si ya de paso quiere darse una vuelta por los baños masculinos para poner orden, pues bien también). Cargarse ahora un monumento que podría pasar por embajada de Chernóbil para convertirlo en una de esas estaciones luminosas, con cafeterías y niños riendo es como abandonar la nostalgia en una gasolinera. Además, es bueno dejarse algún que otro error totalmente vigente para recordar lo que no se debe hacer. Una estación de autobuses enorme, donde la mitad de los andenes y el 90% de las taquillas no sirven para nada, existen cuatro comercios vacíos durante todo el día y da miedo tocar cualquier cosa por miedo a coger hasta una enfermedad venérea. Es el encanto de lo mal hecho y mal mantenido. Como tener el examen con un cero colgado en la puerta del frigorífico para recordar que hay que estudiar un poco más. Y si por encima tienes uno hijo que se prevé listísimo a puntito de nacer y al que vas a llamar AVE, para qué gastarte el dinero en arreglar el penalty que te marcaste en la parte de atrás de la ciudad en aquellos maravillosos años de arquitectura trazada con vaso de tubo y maletines. Déjalo que sobreviva sin maquillajes de esperanza de una tarde, que ya es bastante.

Si mañana pudiese llamar al alcalde, que no lo llamo no porque no pueda, sino porque estoy muy ocupado, le diría: “Abel, diles que no, que pasamos de su pasta“. Y tal vez me hiciese caso, pero cogería el dinero igualmente para construir otro centro comercial, que A Coruña ya está sacando bastante ventaja. Pero como sé que la clase política se caracteriza por estar terriblemente ocupada (que se lo digan a los del Google Play, que no dan abasto con la demanda de juegos), prefiero dejar plasmado aquí mi alegato en favor de conservar lo inútil. Si este ejercicio de sucia nostalgia y cierto diógenes megaestructural no consigue que los señores del Plan Renove se apiaden de la estación, les pido que me consientan una última cosa: que les pongan un poco de parqué para los chavales del break dance, que lo hacían bastante bien.