El cuento de la desregulación

“Cuanto una persona de negocios más deba lidiar con las regulaciones y reguladores, menos tiempo tiene de idear formas para mejorar sus productos, reducir sus costos y precios, y crear otros nuevos. Las regulaciones del gobierno desestimulan el espíritu empresarial, la creación de riqueza y empleo, al tiempo que impone costos inconmensurables (en tiempo y dinero) a las empresas privadas.”

Esto ya lo advertía Thomas di Lorenzo, profesor de economía en la Universidad Loyola Maryland –Baltimore (EEUU), y aunque su mensaje sea bastante obvio y coherente, parece no haber calado. Al contrario, a menudo escuchamos como se recurre a la falacia de que somos víctimas de la dictadura de los mercados producida por la falta de regulación, y no puede haber nada más contrario a la realidad que dicha expresión -siendo bastante incongruente que el mercado, la libre decisión de qué comprar y qué no, que es al final de lo que trata, sea dictatorial-. Se asegura que son verdad estos cuentos de ciencia-ficción que afirman que la regulación es estrictamente necesaria, que es positiva para la economía y, por último, que ésta acaba teniendo buenas consecuencias sobre el ciudadano.

Este mensaje ha entrado bien por el oído asumiéndose como cierto, y no es de extrañar, ya que los mismos políticos, salvándose unos a otros en un ejercicio de protección castiza, se han encargado concienzudamente de que el libre mercado sea rechazado, o al menos temido, por un gran número de personas. De este modo aseguran la permanencia en sus cargos y, de cierta manera, la ciudadanía queda expuesta a tener que recurrir siempre a ellos en última instancia. Como víctimas del Síndrome de Estocolmo y aun viendo como no están haciendo nada que nos beneficie, todo movimiento social acaba por resumirse en una petición para que el gobierno haga algo, siendo la realidad final que todo lo que toca se pudre, se corrompe y pierde competitividad de un modo estrepitoso.

¡A por ellos!

¡A por ellos!

Pero vayamos a los datos, que hablar por hablar tampoco es de buen gusto. El estudio realizado el Banco Mundial, llamado Doing Business , refleja esto que venimos diciendo. En España ya todo el mundo sospecha o sabe de las dificultades que se dan a la hora de crear una nueva empresa, pero pocos son conocedores de que no sólo es que sea difícil, si no que nos encontramos con complicaciones semejantes a países africanos con un índice de desarrollo muy bajo. En este estudio se analiza este proceso en 185 países, situándose España en la friolera posición de 136 en este del 2013 en lo referente a la facilidad para emprender -dos por debajo que el año anterior-. Como dato comparativo decir que en Nueva Zelanda -la número 3 del ranking- un nuevo empresario necesita solo un día para iniciar su negocio, mientras que en nuestro bendito estado hacen falta 28 de espera. Una enorme tela de araña burocrática, con miles de papeleos y pegas que cada uno debemos superar con una inmensa paciencia para iniciar nuestros proyectos. Parece entonces lógico que  ser competitivo cuando se machaca tanto a los que de verdad crean empleo -aproximadamente un 80% de éste se genera en las pymes-, dan servicios, y fomentan la competencia, siendo nosotros los más beneficiados de ella, se convierta en una improbable tarea.

Como cada año, y por aportar más estudios que reflejan esta pésima gestión, The Wall Street Journal y la Fundación Heritage, las organizaciones que publican el Index of Economic Freedom (Índice de Libertad Económica – ILE) (), demostraban una vez más que libertad y prosperidad van de la mano. Nuestro país se sitúa en el puesto 46, y aunque éste pueda parecer esperanzador -ya que el estudio alcanza hasta 177 países- no debería serlo tanto. En el año 2007 nos encontrábamos en el 28, con lo cual, no vemos la dicha desregulación de los últimos años por ningún sitio. Algunos agoreros ya han levantado la voz asegurando que el desplome se debe por el último año de Rajoy, y aunque no les falta del todo la razón -subidas de impuestos, rescate a la banca, más leyes, etc.-, habría que considerar que el problema radica en que España va a la cola de todo. Es así, somos el niño tonto de la clase y siempre lo hemos sido, y este país tiene por costumbre captar los mensajes tarde, mal y arrastro. Mientras seguimos noqueados y dando pasos en falso sin ningún tipo de plan aparente, muchos de los que nos rodean están poniendo en práctica estas políticas económicas porque observan una relación más que interesante entre libertad y bienestar, entre libertad y crecimiento, y sobretodo, como decía antes, entre libertad y prosperidad. Si es que no son lo mismo.

Fuente: Índice de Libertad Económica 2013

Índice de Libertad Económica (2013).

No solo hablaremos de esto, porque que parece que si dices tres veces la palabra libertad frente al espejo se te aparece Milton Friedman, eres absorbido por el neoliberalismo y acaba por entrarte el capricho tonto de invadir un país. No solo es que todo lo descrito hasta ahora sea beneficioso para la ciudadanía directamente, si no que la posibilidad de corrupción queda reducida de un modo más que notable. Si ojeamos el Corruption Perception Index del 2012 , observaremos una interesante relación entre los países más libres de mercado -menos burocracia- y el incremento de dificultad para los gobiernos de coger algún que otro puñadito de sobres y la facilidad de la ciudadanía para percibirlo. Es un pensamiento un tanto infantiloide creer que dándoles el poder en tal cantidad de servicios no caerán en la tentación de aprovecharse de él. Cuánta mayor regulación estatal, mayor facilidad para poner en marcha medidas absurdas o leyes que parecen que son por nuestro bien, y que al final esconden sucios negocios por detrás en los que ellos se llenan los bolsillos. Se traduce al enchufismo del que estamos siendo testigos en esta supuesta privatización de la sanidad, al proteccionismo, a una justicia que de justicia tiene más bien poco, y un largo etcétera. Piensen en esa cantidad de medidas que nos dicen que son por nosotros, después acuérdense que para llevarlas a cabo siempre hay una empresa privada detrás y, por último, relacionen que esa empresa es la única que las realiza, sin libre competencia, si no que se le da el total poder para ser la que lleve tales obras sin tener en cuenta los posibles altos costes -que por cierto, pagamos nosotros-. Ahora, si resuelven la regla de tres tendrán la respuesta. Si ya muchos vienen defendiendo que la sobrerregulación es un modo de dictadura más y que la democracia queda muy dañada por ésta, cuando tiene intereses privados tan evidentes termina por ser ensuciada del todo -sin tener culpa de nada-. No se olviden que España es ese país en el que todo parece ser hecho por y para el ciudadano, y que al final, funciona como lo contrario y para el beneficio de unos pocos.

Índice de Percepción de Corrupción (2012).

Índice de Percepción de Corrupción (2012).

Para que nos hagamos una idea todavía más clara de que no existe tal desregulación y que la regulación no soluciona nada -o mucho menos de lo que ellos pretenden hacer que creamos- hagamos balance desde que comenzó la crisis. Hace poco el CEOE mostraba los datos de la cantidad de leyes que hay en nuestro estado. Por ejemplo, en 2008, los diarios oficiales de las regiones publicaron 697.344 páginas, y en 2010 ya aumentaran hasta las 867.466. Una tiradita buena por el camino que se supone debería haber ayudado, y repito, no parece haberlo hecho. Pero por si fueran pocas, y aunque no se han cerrado todavía los datos de 2012, es muy probable que se hayan superado ampliamente el millón de páginas. Esto es puro éxtasis regulatorio. Por seguir excavando, el Gobierno central en su Boletín Oficial del Estado (BOE) también nos mostraba que al comenzar la crisis contaba con 68.506 páginas, muy por debajo de las 258.068 de 2010, según datos de la CEOE, nuevamente. Seguimos esperando el del 2012, pero podríamos poner la mano en el fuego apostando a que serán un puñadito más. Si la regulación realmente fuese correspondida con mejoras económicas, España tendría que haber salido de la crisis hace rato, y si no me equivoco demasiado creo que no, parece que no es el caso.

Si bien La tiranía de los números ya hacía una interesante mención a la importancia del ahorro para que éste pueda ser bien invertido y aprovechado por todos, aquí parece imposible hacerlo. Muchos impuestos impiden al ciudadano recibir gran parte de su renta y sirven, supuestamente, para sostener unos servicios ruinosos que nos han convencido que no podrían ser alcanzados por todos si no son ellos quienes se encarguen de administrarlos. Todo esto, junto con poca libertad para emprender y dificultades constantes para el empresario, impiden este proceso tan necesario para el desarrollo. Llegados a este punto siempre sale a debate el caso de los países nórdicos, y aunque ese tema llevaría de por sí un análisis más amplio y profundo, verán que su libertad económica es inmensa, encontrándose también entre los primeros puestos de este ranking. ¿Tienen muchos impuestos? Sí, correcto. Pero no por ellos son ricos, si no que podríamos decir que tienen impuestos muy altos porque ya lo son, sabiendo realizar unos buenos servicios públicos acorde con la riqueza de sus ciudadanos. Además, cuentan con total libertad de decidir entre el sector privado y el público -siendo el último, eso sí, el más solicitado-. Pero no a base de regulación, que quede también claro. En cambio, si Steve Jobs hubiese tenido la desgracia de nacer en nuestro regulado territorio, atreviéndose a iniciar su humilde proyecto Apple en el garaje de sus padres, el gobierno ya le habría puesto tantas pegas y multas que el pobre de Steve hubiese tirado la toalla antes de todo lo que acabó por venirle encima.

Ahora bien, todos sabemos que la realidad siempre es víctima del subjetivismo y que habrá quien no encuentre la relación de la que vengo hablando, pero en este caso, los datos están sobre la mesa. Claro está que si dos aficionados al fútbol observan la misma jugada, a cámara superlenta, con todo el despliegue de medios del Canal+, y aún así siguen discutiendo si hubo penalti o no, es complicado que lo dicho hasta ahora vaya a aceptarse. Al menos, los estudios muestran estas relaciones tan evidentes y está claro que España no está en el camino de los países que de verdad están creciendo y saliendo de la crisis dando los correctos pasos. Por desgracia nos alejamos de los más avanzados de la Unión Europea -somos el 22 de ésta- haciendo que cada día, de seguir así, estemos a 24 horas más del reto de alcanzarlos.

Por lo tanto, la solución no radica en otra cosa. Hay que abrirse al comercio, facilitar la mejora de nuestros productos para que sean competitivos, flexibilizar un mercado laboral tremendamente rígido -en el Índice de Liberad Económica sobre este punto nos situamos en el puesto 117- y dejar a la gente en paz para trabajar y crear empleo. Si esperamos que el Estado lo fabrique de la nada o mejore los servicios, solo podemos esperar ser un país que no saldrá de ésta jamás, con unos gobiernos que nos condenarán a pasear eternamente por el sendero de la mediocridad. Recemos porque alguien de los que está ahí arriba recupere la cordura y abra por fin los ojos, que sea sensato, aunque es complicado y parece que no nos queda otra que seguir tragando.

Deduzcan ustedes mismos, pero yo concluyo que esa supuesta mano invisible del mercado que nos ha llevado a esta situación y no nos deja salir de ella, no es tan invisible. Al contrario, son muchas, las vemos cada día, y lo que están haciendo es estrangularnos.