Confieso que he bebido: pasiones etílicas

Dispongamos el escenario: la noche,  hogar de los gatos pardos como el jueves, de los basureros impuntuales, de los duermevelas académicos. Las sombras se asimilan a los balcones, a las pestañas. Pero la oscuridad también alberga pasiones cáusticas, y construye para la causa de los amantes rendijas de intimidad lúdica, donde se bucean braguetas y, algunas veces, se cumplen catástrofes malthusianas. Entonces, ¿qué permite que sea la noche, donde los ojos son débiles e imprecisos, y los sentidos menos acertados, la que esté más cotizada para pasar de los amores verticales a los trueques horizontales, en comparación con las mañanas o las tardes? Desengañémonos; no es la luz que perfila los rostros, dándoles rasgos de veracidad: es el alcohol, la noble ambrosía de los tímidos.

El alcohol es el principal animador de las veladas, como un incansable empujón hacia la valentía, hacia la temeridad; sin su notable calor, en el sótano de la garganta, el borrego retraído y cobardica permanecería en el cómodo refugio del rebaño, cercado por sus amigos, por sus compadres. Sin embargo, el consumo de tonificantes bebidas para el hígado hace que el abstraído Doctor Jekyll se torne en un patizambo Míster Hyde, cuyos rigores sociales avanzan desde la charla balbuceante hasta el desmayo nauseabundo. El problema es la inestabilidad resultante: el consumidor debe ser consciente de sus limitaciones hepáticas, o de lo contrario podríamos encontrarnos ante un The Walking Dead incapaz de sostener el peso de sus párpados.

Además, el alcohol es el mejor maquillaje ajeno que existe; embriagado del espíritu de la bebida, percibimos las virtudes de los demás con un punto de idealismo propio, asignando características ilusorias a cuerpos de caótica belleza. No en vano, reza el refrán que “No hay personas feas, hay copas de menos”. Adquirimos vicios inexplicables cuando nuestra percepción, aturdida como un púgil noqueado, naufraga buscando un punto fijo y firme entre las ondas y la zozobra que lastran nuestros pasos.

Lo peor son los oportunistas usureros del etilismo, determinados carroñeros que, armados de su cascada de babas y su convicción innoble, atacan a sus objetivos más cercanos en los momentos de debilidad miserable, de vulnerabilidad inerme. Aprovechan que la batalla es fácil para colonizar tierras hostiles que, en condiciones normales, se hubiesen defendido con sus armas más humanas: el desprecio, el rechazo, condenando al susodicho buitre a las galeras de los onanistas.

En el fenómeno de las pasiones etílicas, los hombres son más impulsivos y más vehementes que las mujeres. Ellos, conscientes de sus múltiples defectos (en la mayoría de casos), asimilan sus limitaciones con dos copas de más y se lanzan, verborrea trémula en boca, a la búsqueda de fortuna como centauros del desierto, con intención de pernocta consentida y asilo de cariño hospitalario. Como es normal, esta fórmula no siempre resulta exitosa; el torvo juicio de las conocidas (o de las extrañas, aquí no hay criterio) valora la impetuosidad de sus palabras, la arquitectura de su fisionomía, el ingrediente extra del encanto.

Ellas, por otra parte, se apoderan de la situación y de sus dominios; una mujer ebria de felicidad (y de tequila) posee un mayor grado de culminación que un hombre terco y envalentonado. No por nada, ellas son las verdaderas propietarias del destino de la noche, y ellos sumisos consecuentes de su respuesta.  La mujer pasiva, aquélla que se complace con la atención impía de sus pretendientes, selecciona gratuitamente en el catálogo ofrecido; la mujer activa (ese fenómeno tan poco común) expresa sus arrebatos más confinados a su víctima deseada, y se arroja voluntariamente a sus deseos.

Lo peor de las pasiones etílicas es la mañana siguiente: tormentoso páramo de incertidumbre y desamparo, donde la memoria es un charco de alquitrán y la realidad un cuerpo ignoto que desafecta las sábanas. Entonces, recogidos en asombro, nos esforzamos por rearmar la odisea que nos lleva hasta nuestra indefensión presente, pero la cabeza se divierte a nuestra costa y amenaza con dinamitar nuestras neuronas. Llegados a este punto, nos consume la culpabilidad: nos sentimos desposeídos de nuestra voluntad, ya que nada indica el porqué de este desenlace matinal, y aunque nos peguemos un festín con la nostalgia, nada impone el raciocinio a la desidia. Pero claro, dos copas atrás, despojados de toda decisión, nos jactábamos con nuestra suerte.

¿Es más fácil ligar endulzado por beodas maneras? Tal vez. Al fin y al cabo, la razón pierde el pulso con la lujuria y nos volvemos más accesibles, nosotros y nuestra verdad. De modo que engullan, traguen, indigéstense del néctar de la tierra, y prueben suerte en el casino nocturno del frenesí: la vida necesita un individuo audaz, no un aterido pusilánime. Ánimo, y a su salud.

Foto de portada: Just a Bloody Blog (Ray Milland en Días Sin Huella)