Carta de amor descarnada

Este cardias ha soportado tiempos mejores. Ella apoyada lene en el alféizar y una ensenada de nubes llovía en la plaza de sus ojos. Nos traicionó un verbal escalofrío. Love me twice today. Olimpos decretaron artilugios con los que correspondernos, tartufos, godots y brechtianos malvados. Tenernos era el argumento de la obra, y nuestra vida las dimensiones del teatro Gil de Biedma. Apenas conocimos otros temas desde entonces: los tópicos huyeron en su forma de rumores (gorgoritos, correveydiles, transacciones de dolorosa decadencia) y nosotros asumimos con dicha nuestro rol de reliquias olvidadas.

El tiempo pantharei conjugó su herrumbre en nuestros brazos, en nuestros hilos. Porque nada nos importaba lo abandonamos todo, nos entregamos a malgastarnos y malherirnos. Fueron tiempos de ceguera y autismo, quand on n’a que l’amour y retales de antiguos retratos de familia. Nos confinábamos en cualquier buhardilla (entonces yo aún me permitía devorar las horas y los jardines y los discípulos como el magnate Cronos; veinte años de tangos de Gardel…) y dibujábamos cielos que nunca acariciaríamos con unas manos que no eran nuestras, sino apéndices de plata que reunían dedo a dedo nuestras yemas, manipulaban nuestro mapamundi y servían de coartada o de frontera. Parques públicos y sombras vacías y catamaranes y bancos tatuados contemplaron con vulgar asunción la fusión de las siluetas manchadas: más allá de un bien terrenal y de un mal agüero, nuestras voces murmuraban conjuros de eternidad que la brisa destruía en ninguna parte, en ningún buzón. Porque no tenías pupilas azules la noche era más parda en tus ojeras, como una telaraña de tinieblas que tus párpados acogían con triste majestuosidad. Alguien nos recordó papeles y señales: todo sístole anhela su diástole, al menos así lo certifican las comedias románticas, los pósters socialistas y las hermanas Brönte. Al principio concedimos importancia a los sábados de puentes y acertijos, puesto que era cotidiano (y hasta moral) edificar espacios íntimos para ultimar besos y diseñar romances. Se sostenía el aire como en suspiro y observaban con reparo el inextricable juego de lenguas que alimentaba nuestro descenso. Franca esencia de poetas y guionistas que carecen de la espoleada virtud de las musas, explotan sexualidades y fisuras, restriegan maquiavélicas tramas con la suntuosidad enfermiza de las palabras de neón, falsa luz de sucedáneos edenes, volátiles paraísos de cartónpiedra, metacrilato y uñas de contrachapada caoba. Podólogos de la arcilla condenaban colosos pecuniarios, fábricas de vidrio poblaban de quinqués las dunas del desierto, estigmas de wolfranio anunciaban sequías en las minas y en los barrios. Mas esto nos parecía remoto y retirábamos de estos asuntos la relevancia, que untábamos en alquileres, mapas mudos de anatomía y en estar ausentes cuando nos callábamos. “¿No sentís la pulsión de las veleidadeso?”, y yo adoraba como un infante ese ritmo de hélice que imprimías en interrogativas y ruegos, y la casa era un invernadero donde hibernaban los gladiolos, los gatos y el hombre como un lobo en las sillas. Quedo todavía, el reflejo de aquellos tiempos ha logrado propagar su letargo por la partitura de este Claro de Luna, hoy anhedónica nostalgia de unos efímeros retazos. We are ugly but we have the music. Prometeos recelosos desplomaron orbes siguiendo la receta de sus antidepresivos; mi profesor de literatura insistía en que mis párrafos sufrían de apnea crónica y que no transpiraban absurdas metonimias y consideraba demasiado las roman á clef para impregnar de sentimientos unas líneas inconexas y con tono de reproche o simplicista, sentencioso y solipsista estilo estético; pero yo regurgitaba entrañas de prístina pasión (si es posible quererse como los astros) y perfilaba rasguños de mi vida privada, que entonces erais tú con tus raíces de tila y un ejército de deudas con el pasado (lápidas y sepulcros y epitafios que conjugaron mi ignominiosa huida) como máximas de una patria corpórea. Y creíamos que la sabiduría era un puñado de célebres ilustres: Debussy, Cocteau, el Cabaret Voltaire, Komensky, Gertrude Stein y su títere Toklas… Y fantaseábamos con que yo sería un bastardo adoptivo de las urbes con mis versos y que tú tatuarías caricaturas del Papa en los subterfugios de los centros de acogida de menores (“Dejad que los críos se arrimen a mí, así de cerca”, decías con pecaminosa gracia) y la posteridad sería un telón de gris terciopelo al que escupir y domeñar, como dos arlequines contra el miedo: ¿a quién podría importarle la eternidad de tu desnudez a la luz de los moteles cuando la patrulla ya había fisgoneado por el barrio? Aquel baile de místicas resonancias nos situó entre el tiempo y los laureles. Promesas de oropel soldaban los pulgares bajo los que estábamos, los desprecios que nos conducían, y yo en cambio juraba en vano o en yiddish por eternizar mi pesimismo en los callejones nigérrimos mientras asía tu mano como un ramo de crisantemos en la muerte del yo anacrónico, del yo más cercano.

Los brazos como venas entre dos carnes, entre dos puertos, dos países que se desconocen y se enfrentan. Todo conservaba un aire de pulcra libertad que empañaba de vaho los cristales por la mañana; la tarde se hacía permanente hoguera devorando la distancia y nosotros pronunciábamos el nombre de las cosas sin temor a equivocarnos: única respiración que fundía nuestra voz con el ocaso. Repentinas lunas anochecen en los estanques; los jubilados sueñan con la juventud, y Tánatos recoge sus pisadas con paciencia y cercanía.

Fría ingeniudad esgrimía yo sin disponerlo: a presión guardé cielos en infiernos caldeados; notaba el nacimiento del invierno en las ausencias y en la pléyade de Adonis de tu Olimpo; ¿quién creará eternidades en los balcones y las madrugadas ahora? Desde el prodigio siempre recordaré la fiebre de silabear tu nombre en mi tristeza: cortos suspiros que le dan forma a tu evanescente recuerdo, abúlica miasma en la memoria.

Ella podría haberme dejado algo más que miserias, facturas o los maullidos de ese gato siamés que todavía frecuenta la casa como un cacique o una epidemia, en lugar de llevarse lo más valioso que encontró (y que yo administraba con avidez de Sam Spade o Phillip Marlowe) del recetario de mis alegrías en aquella valija grisácea y ajada ya de tanto periplo hacia la costa del norte, la montaña mágica de la sierra madrileña, el hotel dulce hotel con aquellos aparatosos y torpes botones que se atragantaban con las miradas cándidas con que les sobornabas; el caso es que tuve un tiempo malo y ojerizo donde mi psiquiatra repetía como en pegadiza melodía los mismos soniquetes (“depresión”, “ruptura”, “tristeza”, “reposo”…) y conseguía sonsacarme emociones y cheques, que yo entregaba con servil manera y plenamente convencido de que aquello sería finalmente una linfa sacrílega para licuar de tinieblas las pútridas oquedades de mi post-relación. Ahí están todavía todos los esquivos álbumes que nadie verá ya jamás y sus arbitrarias aposturas para lucir bien, como esas sonrisas fingidas que interpelan en los sermones o en las sinagogas; pero yo no fingía la felicidad, luchaba para que no se notase tanto que estaba rendido como un ejército derrotado a tus pies, y aquellos descabalados y fecundos besos de quinceañero me tenían tan dómito y aborregado que no quería saber nada de esos momentos donde el júbilo era obviable y se desplomaban los silencios con el peso de imperios o tótems. Proyectaba mi pasión y mi concupiscencia hacia cuanto me rodeaba sin esperar más respuesta que tu sombra rasgada en las ciudades, sin saber a ciencia cierta si era yo quien soñaba o los edificios que se habían rendido al fin a tu nobleza y a tus pasos (tu manera de caminar, atravesando por la vida despacio y con cuidado, como cruzando un río caudaloso), comprobando que aquella mano pía era la tuya y no con miedo a perderte, sino miedo a encontrarte y que me tratases como el perfecto extraño que soy en bodas y bautizos. Torpes teólogos se esforzaban en prolíficos teoremas sobre la confección del paraíso, dibujaban su leyenda y sus habitantes, esbozaban cuadros que contenían sus caracterísiticas principales y después incluían referencias para dar a sus tratados rasgos burdos de certeza: cómo puedo ser yo quien les confirme la inutilidad de toda su obra, quien les hable de la zarza ardiente que tu cuerpo esconde y aprieta, quien retire la es-tupidez de los velos de sus ojos.

¡Qué pecado mortal y rosa la presencia de ti en el entorno! ¡Qué incandescente galería de inefables percepciones! Realidad imaginaria del símbolo lacaniano, es la vorágine de consternación y de celibato, surcando las vicisitudes de este amor plomizo y agotado, y el pecado de manzana de tu pecho y el sabor a magdalena de la introspección. Surcados con temor los memorándum, mis amistades evitan mencionarte en mi presencia, callan tu nombre como quien envaina un sable (son tan torpes sus maneras sociales…), como si yo no fuese más que un fantasma, un cuerpo resurrecto insuflado de vida tan sólo en el espectro de tu ausencia. Me refiero a ellos como amistades, aunque bien sabes que fueron siempre una generación perdida que aceptamos resignados, un acuerdo social tácito donde nuestra lealtad y nuestros valores y nuestras creencias eran sometidas a prueba, juzgadas y diseccionadas. Nuestras compañías son la causa última de los valores que justificamos y que reclamamos, la semilla de los conceptos que asimilamos como nuestros: tal es la influencia que ejercen sobre nosotros, que somos tan débiles y tan vulnerables como dos beodos patizambos en la almadraba. Todos aquellos ideales son para mí hoy carne de cañón: recojo el testigo nihilista de un atavismo anticuado que se conforma con no ingresar en un museo de cera. Mi exuberante desidia es sinónimo de esta derrota a ojos de los dioses o de las cometas; en tiempos de tragedias primerizas, quisiera poder acostumbrarme a dejar que sea mi cinismo el que, ineluctablemente, me zarandee por el tráfico intenso de las avenidas, el que exprima las arenas de mis mangas y renuncia a denunciar las injusticias, porque todo cobra importancia de yerta gaviota en el océano: un cadáver que la marea vuelca, manosea y maltrata. Y en un vaso olvidado se desmaya una flor.

Recojo, con trágico pudor, los resquicios inicuos de una batalla de egos, un envite de ígneos sedimentos que tu ausencia empuja, que mi día amarga y que obsesiona el alma; recorro con desesperación las anécdotas (esos islotes desangelados), que siempre es una y se repite eternamente, como una infinita náusea que me constriñe, que me hiere: tu perfil alborotado de balcones, tu séquito de glaucos equinoccios, tu huelga de motines y rehenes… tu cuerpo idiosincrasia de la noche, al fin libre de presidios civiles, de ligas y ataduras de un desierto de rostros prejuzgados, concebido tras un grueso de mareas itinerantes; un cuerpo al todo unánime y al todo derramado, opaco después de tanto exponerse a cánticos ajenos, lejos ya de la preventiva técnica de ocultar y transigir, del silencio deliberado de las convenciones públicas, era una peana donde las ascuas urdían sus telas, un reducto de vida en la baldía mañana de mi tóxico carácter. Entonces sufre el vicio sus traiciones, todo es débil y todo vulnerable, se crean cíclopes de cobre y de cobalto y arcos de osamenta y sombra helada. Cabe incluso la posibilidad de dudar, de vetar nombres lánguidos y esquivos, de enfrentarse a los ojos del oráculo. Y emergiendo, casi mudo, desde esa acrimonia obligada, surge el salmo, el sacrílego canto de tu umbrío escondite, sorteando las espinas, remedando los crueles retales de una noche encinta de remansos. Inefable melodía que nos alcanza y nos hace partícipes del desfallecimiento mutuo, del encuentro recíproco. Los tambores de blancura etérea acompañan tu canción. Pretenciosos palmípedos desarraigados, huérfanos del amparo de las bocinas, del trigo y de los proyectos de ley. Hoy es eternidad vestida de luz impura, y alguien garabatea futuros en las córneas. Entonces te hago y te rehago, confirmo tu elíptica silueta y hoja a hoja germinas de nuevo hasta que aquí dentro no hay más historia que las muescas que el azogue nos vomita y, sin embargo, no queda tiempo en las estaciones y la ya no son refugio las torres y el periodista afónico muere entre voces (disculpa la grotesca apofenia). No es un mortal criatura capaz de contenerte: todo lo alcanzas, todo lo influyes, todo lo empapas lenemente de tacto, inflamado y ya inexpugnable, de nuevo acorazado edén donde habitan el mérito y la gloria. Quién fuese temerario haz de luz a través de tus trasojados altos… Hija del fuego, no duermas más el sueño que no es tuyo: ya es la vigilia una ruina de templo junto a la rivera. Son más evidentes que nunca las estepas que nos separan: mañana sera víspera todo el día, y otra vez atravesaré por los horarios con temor, con discordia, con servil rol de tuerca oxidada; otra vez el borrego al matadero.

Ni perdonan ni olvidan las severas manecillas (por lo tópico y lo necesario): yo mismo soy a veces tiempo, cuando avanzo sin pacto ni compromiso o cuando, sin prisa y tras un trago de ginebra, me siento en la silla de madera con la mano apoyada en el mentón, soportando todo el peso la rodilla, y en monolítica pose de eremita extraño aquello que arrebato, aquello que hice trizas de cristal y esparcí con desdén por los caminos. Sin embargo, a veces, cuando adopto mi pose meditabunda, no puedo evitar (ni siquiera lo intento) demorar los últimos pedazos de ti que me quedan, e intento reconstruir paso a paso el inmarcesible periplo que va desde tu llegada hasta tu partida. Es posible que el azar, ese caprichoso querubín, nos haya reservado un final más digno y menos denigrante. Ignoro sus insultantes antojos. Hasta entonces, que se pudran mis exégetas; mañana será martes sin remiendos, y los onas han jurado que mi muerte será rauda e indolente. Ruego, en fin, que se cumplan sus deseos, atrapado como está mi vida entre estas líneas que languidecen.

Foto de portada: toutlecine.com (Le genou de Claire)