Abraham Lincoln: estrella mediática

Abraham_Lincoln_Cazador_de_vampiros-364354552-largeAbraham Lincoln está de moda; podría decirse que es la mayor celebrity de los presidentes muertos. El 2012 fue su año con los rodajes de Lincoln, la película nominada a los Oscars de Steven Spielberg; Abraham Lincoln vs. Zombies, el “biopic” de Richard Schenkman, director de la genial The Man from Earth (¿Qué te ha pasado, Richard?); y, por supuesto, Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros, de Timur Bekmambetov. Aunque aquí no acabará la singladura mediática del decimosexto presidente de los Estados Unidos, ya que para 2013 está previsto que se estrenen Saving Lincoln y Killing Lincoln, a cargo de Salvador Litvak y Adrian Moat, respectivamente. Así que tendremos sombrero de copa y barba para rato.

Definir Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros como una auténtica bazofia carente del más mínimo interés sería la manera más fácil de hacerlo y, ya que hemos aprendido de Guillermo de Ockham y su navaja que “en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta”, debe de ser esta también la manera más acertada de describir la película.

Con Seth Grahame-Smith y Simon Kingber como perpetradores del guión, basándose en la novela homónima del primero, autor también de Orgullo y prejuicio y zombies, y con la dirección a cargo de Timur Bekmambetov, responsable, de Gladiadoras, Guardianes de la noche, Guardianes del día y Wanted, entre otras, Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros cuenta la historia de un joven cuya madre muere víctima de una extraña criatura. Este suceso marcará de por vida a Lincoln que, al crecer, se convertirá en un cazador de vampiros, dedicando su vida a acabar con estos malvados seres. Por supuesto, su excéntrico trabajo no le impedirá convertirse en presidente de los Estados Unidos para luchar por la igualdad entre razas. Sin embargo, la historia da un giro brutal cuando el espectador se entera de que los vampiros están del bando de los Estados Confederados.

Benjamin Walker es el encargado de dar vida al protagonista, con una interpretación francamente anodina y carente de carisma y con una caracterización lamentable. Del resto del elenco, entre los que se encuentran Mary Elizabeth Winstead en el papel de sufrida esposa, Dominic Cooper como vampiro amigo y Rufus Sewell como antagonista, tampoco se puede decir nada mucho mejor. No me extraña, por otra parte, ya que la motivación interpretativa ante semejante bodrio debe ser escasa, provocando una ausencia total de empatía por parte del espectador. La película, si es que se le puede llamar así, está sobrecargada de clichés, incluyendo frases como “Todo está saliendo según el plan” y el típico desgarrador grito de frustración durante el cual el ejecutante abre los brazos y mira al cielo mientras exclama: “¡Noooo!”

La realización y la fotografía recuerdan a una telenovela cualquiera de sobremesa y las situaciones son completamente predecibles. Algunas escenas son tan ridículas que cuesta creer que alguien haya tenido el valor de plasmarlas en la pantalla, como la surrealista persecución entre Lincoln y su enemigo mortal saltando de caballo en caballo, corriendo alegremente por los lomos de los animales. Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros recuerda por lo cutre a El hombre lobo de Joe Johnston y una escena de una pelea en concreto me trajo a la memoria una secuencia similar de Sombras tenebrosas, de Tim Burton. Cuando aparecieron los créditos entendí por qué mi cerebro había hecho esta asociación: entre las compañías productoras de Abraham Lincoln se encuentra la del señor Burton. Se ve que el director californiano no tiene suficiente con torturarnos con películas como Sombras tenebrosas, sino que ahora también se ha decidido a hacerlo patrocinando bodrios ajenos.

Abraham Lincoln: Cazador de Vampiros no podría ser más cutre ni hecha a propósito y su final, que no destriparé aquí por si algún incauto decide tirar a la basura casi dos horas de su vida viéndola, es tan lamentable como el resto del film, haciendo de la coherencia lo único bueno que se le puede achacar a Timur Bekmambetov: la película es igual de mala del primer al último fotograma.