Matt Groening y el socialismo

Un día Matt Groening decidió crear en una servilleta de color amarillo algo más que los protagonistas de una serie de dibujos animados. Los personajes de Los Simpson son perfectamente extrapolables al mundo de carne y hueso y, por consiguiente, también al de la política. Con la que está cayendo, a veces lo mejor es satirizar la realidad y llevar la crítica al campo de lo cómico. Son esas situaciones casi “de chiste”, como las que atraviesan el PSOE y el PSdeG y sus líderes Alfredo Pérez Rubalcaba y Pachi Vázquez, las que me llevan a compararlos con los personajes de la mejor serie de la historia de la caja boba.

Alfredo Pérez Rubalcaba es un señor Burns. No hace mucho el cántabro se sentía cómodo en las sombras de la alta política, frotándose las manos en las cloacas del Estado y señalando a sus Smithers de turno para que fuesen los autores materiales de sus fechorías. Cuando estaba en el gabinete de Felipe González fue nombrado ministro de Presidencia para tapar el tufo corrupto de los GAL, una chapuza parapolicial al más puro estilo Jefe Wiggum. Rubalcaba encarnaba el poder también cuando era el delfín de Zapatero. Manejaba a sus secuaces en el Ministerio del Interior a su antojo y el poder lo convirtió en el blanco de las iras populares como si de Moe se tratase. Su oratoria en la tribuna del Congreso tenía el efecto de un gancho de Drederick Tatum. La enésima esperanza socialista fue el líder mejor valorado por los españoles en repetidas ocasiones, pero el problema llegó cuando el señor Burns tuvo que  enfrentarse al panorama en solitario como número uno del PSOE. Monty puso de uñas a la central nuclear de Ferraz y provocó que algunas voces apoyasen a Carme Chacón en la carrera por el trono del socialismo. El actual secretario general ganó la pelea entonces con el apoyo de sus incondicionales y de medios de comunicación con tácticas periodísticas tan discutibles como las del Canal 6 de Springfield.

Desde entonces las tornas cambiaron. La derrota electoral precipitó la caída de una de las figuras más importantes de la política española. El Señor Burns fue descendiendo los peldaños de su popularidad hasta encontrarse ahora más aturdido que Barney Gampbell y Krusty en un mañana de resaca. Rubalcaba pelea a diario por silenciar las críticas de la central y se debate entre comportarse como un buen samaritano y tender la mano a Rajoy adoptando un papel similar al de Ned Flanders en la serie de la Fox (protestón pero amable, molesto pero cordial) o adoptar la intransigencia de Skinner cuando castiga a Bart. Los sindicatos, que entonan la canción de Lisa (nos manifestaremos como hicimos ayer, la fábrica es suya pero nuestro el poder), no lo ven como ese adalid de la izquierda que pretende ser, aunque ahora el viejo patrón apoye sus protestas después de padecerlas desde el poder.

Harina del mismo costal es la historia de Pachi Vázquez. Sus actuaciones en la política local gallega siempre dejaron la sospecha de que su modus operandi se parecía bastante al del alcalde Quimby. Una vez al timón del PSdeG el barco derivó en una fracasada aventura tal cual a las del viejo Capitán de Springfield. Ahora se aferra al cargo como Homer a la cama antes de ir a la misa dominical y tiene que escuchar los gruñidos de familia y amigos socialistas.

Burns y Quimby, Rubalcaba y Pachi. Dos expertos en los quehaceres maquiavélicos. De ahora en adelante, de su actuación en sus respectivos puestos depende la forma en la que abandonen la primera fila de la política. Si consiguen capear el temporal con la inteligencia que a veces han demostrado, escucharán una ovación silenciosa como la que reciben los Isótopos de Springfield. De la otra forma, se emborracharán de poder y acabarán contándole sus penas a Cletus en el arroyo del olvido.