La trampa mortal de las parejas

El ser humano ha temido, teme y temerá en su vida dos grandes amenazas: la muerte y la soledad. El primero, el destino terrible de nuestro viaje, resulta a todas luces inevitable; al fin y al cabo, la sombría guadaña es la única y verdadera certeza que poseemos desde que perdemos nuestro primer diente de leche.

Confirmada, pues, la irremediable caducidad de nuestro realidad, el pánico surge de nuevo con el refugio de los desconsolados: la soledad, la nobel dama del desamparo. Ante ella, solemos pendular entre dos comportamientos paralelos: la afirmación categórica de superioridad (estoy solo porque soy mejor, y los demás no se encuentran a mi nivel) o la tétrica depresión (estoy solo porque nadie me quiere). Es curioso que sea la soledad, precisamente, el instante más fértil para la reflexión y la introspección:  el pensamiento fluye ágil, fructífero, elocuente.

Esta innecesaria reflexión, común para cualquier ser humano, nace al fin de un hecho que me resulta francamente curioso: la constitución de las parejas. Verán ustedes: las agrupaciones humanas llevan existiendo desde el principio de los tiempos como una fórmula de blindaje y protección para la manada, que se sentía vulnerable ante la impiadosa fuerza de la naturaleza, ante el peligroso juicio de la intemperie. Se arremolinaban, juntaban, gruñían y concebían de manera espontánea y vehemente. El tiempo, con sus raras veleidades, confirmó pasiones y perfiló delirios. Además, el arbitrio de las edades determinó que, lo que antes era vehemencia filial, o acaso reacción química, ahora se convertía en una emoción determinante, en un arrebato decisivo: el amor.  Jalonado de mística única, el amor encuentra respuesta en todas sus dimensiones sociales: lo raspan los poetas en sus composiciones, lo aceptan como motivo de disputa, lo envuelven hasta hacerlo conocimiento común.

Es curiosa la influencia del amor en la sociedad: el peso moral que implica su sola mención restringe espasmos, amilana frenesís, sacude naturalezas. Ese evidente que las sociedades han avanzado mucho desde que primeramente se determinara qué era el amor: han evolucionado los valores, las premisas, los fundamentos y los métodos. Ahora el amor es un mercado desequilibrado donde no se busca amar, sino ser amado, para evitar el estado inerme y gélido de la soledad. Cada cual pone en almoneda sus diversos atributos, encantos y atractivos, y busca puja para saciar libidinosas lástimas. Porque, en última instancia, el amor es un sentimiento artificial, una creación forzosa para regularizar un comportamiento social inédito en aquel entonces, pero que hoy resulta materia prima y asumida del quídam más patán e ignorante.

Ello me lleva, en fin, a preguntarme qué impulso (voluntario o no) permite que los seres humanos hayan institucionalizado el amor a través de las parejas. Disculpen la frivolidad, pero es curioso que el ser humano, históricamente acostumbrado a enfrentarse al exterior, a la inevitable caza, haya caído en la cómoda tranquilidad del emparejamiento. No hay nada más restrictivo ni más opresor: convertir el deseo en rutina es malversarlo, denigrarlo y denostarlo. Los noviazgos (por ya no hablar del matrimonio) es el punto último de no regreso a la libertad: en caso de fundirse en el monolítico paseo de la pareja, podrías despedirte de la autodeterminación, de la autonomía, de la independencia. A partir de entonces, el albedrío quedaría, ineludiblemente, sujeto a los condicionamientos del consorte, a su juicio de opinión, a sus oportunidades, a sus éxitos y a sus fracasos. El sacrificio aciago del autogobierno es un precio verdaderamente alto, cuya práctica debe ser juiciosamente decidida.

Permítanme romper una lanza a favor de las virtudes del celibato. Primeramente, el soltero es una persona exonerada de cargas superfluas de pareja, que conserva el control sobre sus dominios, lejos de la compartición de espacios comunes o cuentas de ahorro; su potestad es pues, consecuente con su propio criterio, individual y subjetivo, lejos de la sublimación obligada de una entrega amorosa. Segundo, esta libertad le permite fluctuar sin resquemor entre pasiones incendiarias sin temer la prisión del compromiso: la infamia que rodea a la figura del “ave de paso” me parece innecesaria, dado que es el comportamiento no sólo más sagaz, sino más antropológico: al fin y al cabo, la longevidad de las parejas se perpetúa por la necesidad (económica, primordialmente), no por el entusiasmo, puesto que el incendio del romance ahora son ascuas moribundas que se confunden con la monotonía. No en vano, un triste poeta dijo una vez que “El amor es el suicidio más dulce”.

Son pues las parejas el remedio más cobarde para la aflicción de la soledad: surgen de una inflexión y permanecen en una genuflexión constante. Su constitución resulta antinatural, si bien se supone que por ellas pasa la supervivencia y la posteridad del ser humano, por no hablar del jugoso beneficio que cantantes de timbre hosco han sacado por ventilar intimidades radiográficas. Además, el soltero goza de un mayor número de oportunidades en cualquier ámbito de la realidad, si bien la fiebre última del sentimiento ha reducido el número de ellos, que buscan el consuelo práctico de la cercanía, apostando más por la seguridad que por la intrepidez y la aventura. Porque, en última instancia, la única finalidad de las parejas no es responder a la provocación ardiente de las voluntades, sino asegurar un escondite útil para huir de la soledad; y hasta dicen que el amor sobrevive más allá de la muerte, en algunos casos. Pero eso es materia para otro día.