Hasta la vista, Oscar

La urgencia del momento hace que sean las 5:45 de la madrugada y yo esté sentado delante del ordenador. La ocasión así lo exige. Te has ido, Oscar, y contigo se va el gran referente de la arquitectura moderna. Tu muerte implica que el último reducto de todo aquello en lo que, como arquitectos, creíamos ciegamente, haya desaparecido. Nos quedamos donde estamos, esperamos, no sabemos hacia dónde ir. Te vas, Oscar, y te llevas la poca coherencia que quedaba en la arquitectura. ¿Qué viene ahora? ¿Cómo podemos avanzar? ¿A quién seguimos?

Tuviste una vida interesante, no hay duda. Y a pesar de ello nunca te pareció suficiente, siempre quisiste un poco más. Tu ambición no parecía tener fin, pero se limitaba, exclusivamente, a ser, cada día, un poco mejor. Siempre tuviste ese aura que te hacía tan especial. Probablemente la mejor lección que nos has dado es que hasta el último segundo hay que luchar, que todo se puede mejorar y que debemos aspirar a ello. Con 104 años eras el primero en llegar, y el último en salir. Porque tu vida era arquitectura, tus proyectos eran tu esencia, y jamás pudiste separar esas dos cuestiones. Amabas lo que hacías, lo amabas por encima de todo y de todos. Siempre tuviste ese entusiasmo que sólo teneis los jóvenes. Porque con 104 años eras joven. Porque con 104 años sabías que te quedaba mucho por vivir.

Pusiste pasión en cada cosa que hacías. Amabas la arquitectura, y siempre fuiste capaz de ver todo lo bello en el mundo. Y amabas a las mujeres, siempre lo dijiste, y dibujaste cada centímetro de cada curva de las mujeres que pasaron por tu vida. Nunca tuviste reparo en decir que te fascinaba la forma femenina, y que era, de hecho, la mayor fuente de inspiración en tu arquitectura. Lograste sintetizar todo aquello que hace bello a lo bello, y convertirlo en arquitectura. Eras un poeta. Si me tuviese que quedar con algo de ti, no me quedaría con la tenacidad, con el dibujo, con los ideales, o con tu arquitectura. Me quedaría con tu poesía.

Creías en las ideas como ese gran motor que mueve el mundo. Y por eso eras comunista. Creías en la bondad de las personas, en la gente, y en ti. Peleaste por unos ideales perdidos, en un mundo que se empeñaba en demostrarte que los cambios eran imposibles, que la igualdad era una quimera y el socialismo una utopía, y aún cuando sabías que el cambio llegaría muy tarde y tras mucho sudor y sangre, nunca perdiste ni un ápice de tu combatividad. El mundo quiso demostrarte que el cambio era imposible, pero, al final, fuiste tú el que demostró que nada era imposible. Fidel dijo una vez que los únicos comunistas reales que había en el mundo erais él y tú. Yo te digo que el único maestro real en el mundo de la arquitectura eras tú. Nunca te conocí, nunca hablamos, nunca tomamos un café ni debatimos acerca de la vida o las formas, nunca me guiaste con mis proyectos ni me ayudaste a plasmar en el papel aquello que bullía en mi cabeza. Y sin embargo, de ti aprendí, de tus proyectos razoné y de tus dibujos sentí. Fuiste un guía, un referente, un maestro. Fuiste un amigo.

Creías en las ideas, y por eso tu arquitectura siempre fue pura, y simple, una arquitectura razonadamente bella. Nunca te interesó el protagonismo ni el formalismo, nunca te interesó salir en revistas o recibir premios. Tu único interés fue hacer, de cada proyecto, tu mejor proyecto. Inventaste cientos de tipologías, dibujaste, con trazo maestro, imágenes que nunca podremos olvidar. Y esas imágenes nos permiten soñar arquitecturas, nos permiten proyectar. Quiero creer que te marchaste con un lápiz en la mano, que dibujaste tu propia muerte con ese trazo grueso, despreocupado, tan tuyo. Quiero creer que te marchaste tú, porque consideraste que tu presencia aquí no era necesaria.

Yo creía en ti. Me demostraste a través de tus dibujos que la arquitectura no era solo hormigón, tabiques, ventanas. Me demostraste que la arquitectura era luz, era música, era lluvia, era poesía, era magia. Me demostraste, camarada, que la arquitectura era pasión y desenfreno. Gracias a tus dibujos descubrí que lo único importante en esta vida era dejarse la piel cada segundo, que el amor por lo que uno hace trae consigo, irremediablemente, belleza. Gracias a ti, y a tus dibujos, aprendí a amar esta profesión y a hacerla parte inseparable de mi vida. La persona que soy, y el arquitecto que seré, son, en gran medida, porque tú fuiste. Y eso es algo que nunca podré agradecerte. O si, quizás no deba dejar de intentarlo. Me queda el consuelo de saber que, aunque te hayas ido, tu arquitectura, tus dibujos, y tu ejemplo se quedan aquí. Te prometo que viviré con pasión desmedida cada proyecto, que jamás renunciaré a mejorar y a aprender. Te prometo que amaré, y lucharé, hasta el último segundo. Como tú me enseñaste. Como tú siempre hiciste.

Hasta la vista, Oscar.