El ostracismo del genio

Llevo algunos días cavilando sobre la manera adecuada de comenzar esta crítica literaria. Al final me he dado cuenta de poco importa encontrar el tono, si es que existe alguno lo  suficientemente adecuado. Sándor Márai se me escapa entre los dedos. Se me escapa esa manera de escribir tan lúcida y profunda. Esa prosa serena y extremadamente sensible, capaz de captar en un largo párrafo todas las tribulaciones y pasiones del alma humana.

Año 1942. Los ejércitos nazis avanzan imparables. Sándor Márai es uno de los escritores más populares de la Europa de entreguerras. Su prestigio es comparable al de Thomas Mann o Stefan Zweig, que se suicidó ese mismo año víctima del pesimismo por el triunfo nazi. Y entonces Márai recuerda otra guerra, otra Europa, una patria distinta de la actual.  Recuerda un antiguo esplendor y su fatal decadencia. Así nace “El último encuentro”.

“-¿Qué quieres de ese hombre? -preguntó de repente la nodriza.
-La verdad -respondió el general.
-Conoces muy bien la verdad.
-No la conozco -dijo él, en voz alta, sin preocuparse por el servicio, que había interrumpido abajo la colocación de las flores y miraba hacia arriba. Volvieron a bajar la mirada inmediatamente, con un gesto mecánico, y continuaron con sus quehaceres-. La verdad es precisamente lo que no conozco.
– Pero conoces la realidad -observó la nodriza, con un tono agudo, casi agresivo.
– La realidad no es lo mismo que la verdad -respondió el general-.”

La verdad. La verdad y la constatación de la misma, la verdad y la justificación de una vida. La verdad y la amistad. La verdad a pesar de todo, a pesar de los años, de la envolvente decadencia, la verdad para terminar  la vida en paz.

Dos hombres ancianos, una conversación y un secreto. Nada más. Eso y la hábil pluma del escritor. Y de pronto nos transportamos a un mundo ya olvidado, ya vencido. Un mundo de nobles, guerras, emperatrices y viajes. Y en el centro un secreto inconfesable que separa a dos amigos. La prosa de Márai es pura y exacta. Nada de dramatismos innecesarios en el viaje al pasado de este general para saber, o mejor dicho, para comprender que ocurrió y así, sacudirse el peso del ayer. De un acontecimiento que marcó su alma para siempre.

Será durante la conversación cuando se desvele esa parte de la naturaleza humana que necesita preguntar por aquello que le atormentó durante años. Entender el por qué, saber la verdad aunque ésta no sea agradable. Los espectros acuden, la voz de una mujer que ya no está revolotea sobre las cabezas de dos amigos que se citan tras cuarenta años sin verse.  Márai desgrana la conversación hábilmente, provocando un lento y angustioso avance, una presión constante por llegar a la verdad.

“Uno siempre conoce la verdad, la otra verdad, la verdad oculta tras las apariencias, tras las máscaras, tras las distintas situaciones que nos presenta la vida”, nos dice Márai, por boca del general.

Y aquí llega la verdadera tragedia, el patetismo. La verdad ya existía. Estuvo siempre ante los ojos de los protagonistas, fácilmente intuible. El general y su amigo ya tienen una verdad, lo que buscan no es a ella, sino la confirmación, la constatación de esa verdad. Un camino que les permita hacerle frente a esa verdad, a ese secreto a voces que separó sus vidas tantos años atrás.

¿Por qué ahora? ¿Por qué al final de todo? Por la decadencia. Por la presencia de la muerte, reclamante, necesitan quizá, exorcizarse y poder vivir los últimos años de unas vidas que declinan sin remedio. Necesitan disipar ese secreto, confirmar esa verdad, para enfrentarse a ella, y por último a la muerte.

También Márai tuvo que enfrentarse a la muerte. Una muerte envuelta en la decadencia y en la necesidad de enfrentarse a la verdad. Forzado al exilio por los comunistas húngaros a finales de los cuarenta (algo que ni los nazis habían conseguido, a pesar de estar casado con una judía), fue vagando de país en país hasta establecerse al oeste de los Estados Unidos. Desaparecido Márai, su obra fue prohibida en Hungría, y su figura condenada al ostracismo y al olvido en una Europa que resurgía de sus cenizas. Con el desmoronamiento del comunismo europeo, Márai volvió a ser reconocido, recibiendo ofertas para volver a su patria. Podría haber vuelto a su tierra natal para un último reconocimiento. Quién sabe. Viejo y enfermo, su mujer y varios seres queridos muertos, quizás no tuvo el valor de enfrentarse a sus recuerdos. Quizás pensó que tanto tiempo de abandono no merecía su esfuerzo. Ya decía él que el hombre nunca perdona porque nunca olvida. Márai se suicidó de un disparo en la cabeza. Era febrero de 1989, meses antes de la caída del muro de Berlín. Demasiado tarde. Una vez más, demasiado tarde.