Woody Allen: Retrato del artista hipocondríaco

Allen Stewart Koninsberg (Brooklyn, 1935), más conocido como Woody Allen, siempre se ha considerado un sobrevalorado autor de películas mediocres. Sin embargo, es el director que mejor ha manejado su persona dentro y fuera del celuloide: hoy en día, es difícil no asociar la imagen pública de Allen con el judío neurótico de ínfulas intelectuales y verbo enfermizo que luce en pantalla. Eregido como icono del séptimo arte, es imposible concebir la figura de Allen sin citar Nueva York, escenario principal de los celos, de las pasiones y de las infidelidades en sus películas, en especial los convulsos barrios del Upper East Side. Lejos de la farándula cotidiana de las celebridades de Hollywood, Woody cultivó una imagen distante de los focos, hasta que se vio envuelto en cierto escándalo con resonancia de complejo de Electra… pero eso lo trataremos más adelante.

 Infancia y juventud: nace Woody Allen

Lejos de la creencia popular, Woody no nació bajo una montaña rusa, y pese a sus múltiples preocupaciones, Brooklyn no se expandió y él creció sano y sionista en una familia acomodada: su padre no era el taxista simpatético de Días de Radio, sino un trabajador multiempleado, ni su madre la sionista castradora, tal y como se refiere a ella en Manhattan; el joven Allen era un chico tímido, reservado y pelirrojo, cuya máxima aspiración en la vida no era sino ser el gracioso de la clase, con ningún interés en los estudios, que sólo destaca en literatura y en gimnasia, y cuyos máximos son el béisbol y los trucos de prestidigitación.

A los siete años nace su interés por la música, comenzando a tomar clases de clarinete y aficionándose al jazz y al blues (de hecho, Woody continúa citando a Miles Davis, Louis Armstrong y Charlie Bird Parker entre sus máximos ídolos). El chico ya había decidido que el quería ganarse la vida en el mundo del humor; a los 15 años, comienza escribiendo chistes para otros humoristas, así como publicando tiras cómicas en periódicos locales.

A los 17 años, harto de que otros se atribuyan los méritos de sus genialidades, renuncia a Allen Stewart Koninsberg y nace su álter ego: Woody Allen (nombre que adoptó legalmente en 1952). Woody comienza a actuar en clubs nocturnos como monologuista, venciendo su dominante timidez, con ese personaje pringado, gafotas, menudo, nervioso, locuaz y con aire de perdedor que nunca consigue a la chica (de hecho, Allen admite que comenzó a leer a Tolstoi y Dostoievski sólo para ligar con las chicas más guapas de Nueva York; él lo describe así: “Hice un curso de lectura rápida y me leí Guerra y Paz en 20 minutos; creo que decía algo sobre Rusia”).

Con 19 años, las mejores cadenas del país se lo rifaban para que fuese guionista en sus programas. Finalmente, entra a formar parte del equipo de The Colgate Comedy Hour, colaborando con personalidades de la talla de Ed Sullivan, Sid Caesar o Johnny Carson, aunque el resultado final del programa no fuese bueno. Pese a todo, Woody ingresaba mil quinientos dólares por semana a sus 22 años, lo cual está al alcance de muy pocos. La fama de Woody a través del país es imparable, incluyendo un espacio propio, The Woody Allen Show, en 1963. Su tartamudeo, las cadencias en la voz, los quejidos y gimoteos, la inteligencia de sus frases… todo formaba parte de las pequeñas idiosincrasias del personaje que él había creado. Sirva como ejemplo este estupendo monólogo.

El salto al cine de Woody era inevitable: tras tantear varios proyectos, en 1966 acaba colaborando en What’s up, Tiger Lily?, una película en la que colabora con el maestro Peter Sellers. Es una película terriblemente mala, y así lo percibe la crítica, que ataca sin piedad la interpretación de Allen. Tras encadenar una serie de proyectos fracasados (su colaboración con Senkichi Teniguchi en What’s new, Pussycat?, la adaptación de su obra de teatro Don’t drink the water o su papel en la parodia de James Bond Casino Royale, de 1967), Woody comprende que la única manera que tiene para conducir sus ideas hacia el éxito es dirigirlas él mismo. Así, tras recibir la negativa de Jerry Lewis de conducir su siguiente guión, se pone a los mandos de Toma el dinero y corre.

                                       

Mis ojos dicen mucho; pero claro, lo dicen en hebreo, por eso no les entienden”

Años 70: Fama Mundial, Diane Keaton, Óscar

Toma el dinero y corre (1969) abre la prolífica filmografía del director neoyorquino (publicando, desde entonces, casi una película por año, algo al alcance de muy pocos creadores). En el filme, Woody Allen interpreta a Virgil Starkwell, un ladrón de poca monta cuya vida aparece presentada en forma de documental ficticio, sucediéndose los gags visuales y las boutades disparatadas . En el largometraje, Woody emplea todos los trucos humorísticos, bufonadas y chascarrillos que había aprendido hasta ahora del mundo del entertainment. El público y la crítica la adoran, al considerar que sigue la estela del humor absurdo de los hermanos Marx, en especial de Groucho. Además, esta película marca el inicio de su relación con Jack Rollins y Charles H. Joffe, productores y mecenas de la mayoría de sus trabajos.

Con esta película Woody Allen dio comienzo a un ciclo marcado por un denominador común: lo cómico por lo cómico, ridiculizando cualquier estamento, profesión o cargo y situando la risa en la gentil categoría del reconocimiento común, convenciendo tanto a intelectuales como al espectador más vulgar. Así, en esta época se suceden filmes como Bananas, Todo lo que siempre quiso saber sobre sexo y nunca se atrevió a preguntar o El Dormilón, donde Woody interpreta, respectivamente a un revolucionario cubano, un bufón y un espermatozoide, y un viajero del tiempo. No hay un punto de pausa para el torrente de chistes en estas creaciones: Allen bascula los tempos sin ton ni son, ofreciendo un exagerado producto que acusa tal vez una falta más cuidada de producción final, pese a resultar increíblemente hilarantes y adictivos.

En 1972, Allen colabora en el filme Play it again, Sam (Sueño de un seductor en España), basada en un libreto que él mismo había creado e interpretado tiempo atrás en Broadway. Dirigida por Herbert Ross, ofrece por primera vez la presencia conjunta de Allen con la que será su musa: Diane Keaton.En una parodia de Casablanca, Allen intenta (con dudoso éxito) persuadir a mujeres inocentes con la ayuda inestimable del fantasma de Humphrey Bogart: véase, pues, el resultado. Esta película, pese a estar comandada por otro director, comienza a dejar entrever el estilo woodyalliano que caracterizará toda su obra posterior, con un intento (pormenorizado y gamberro) de estudiar la psicología del personaje, en este caso un cinéfilo recientemente divorciado.

La última noche de Boris Grushenko constituye un punto y aparte en lo que hasta ahora era el estilo que Allen impregnaba en sus trabajos; en este nuevo largometraje, ambientado en la Rusia de Chéjov y Prokofiev, el personaje de Allen se convierte, sin comerlo ni beberlo, en un héroe de la guerra contra las tropas napoleónicas. Es significativo el hecho de que la trama es más coherente, siguiendo un discurso más lineal, y contagiando al espectador no sólo con motivos evidentes para la carcajada, sino con la necesidad de reflexionar sobre diferentes aspectos sociológicos o filosóficos de su existencia. En este nuevo trabajo, se percibe la intención de Allen de fusionar su humor absurdo con la cultura de la high society neoyorquina, ofreciendo una sátira de los clásicos de la nación rusa, en especial del Guerra y Paz del mujik Tolstoi.

“-¡A partir de ahora limpiarás el comedor y las letrinas!” -“Sí, señor, ¿y cómo los distinguiré?

Para su siguiente guión, Woody Allen pretende continuar esa progresión creativa en su obra, de modo que solicita la ayuda del guionista Marshall Brickman para crear una comedia romántica de tintes neuróticos , habituales en el tejido social de la metrópolis, expresado con la seriedad y el rigor técnico que faltaba en sus anteriores trabajos: nace así Annie Hall (1977, cuyo título original era Anhedonia, que fue rechazado por ser poco comercial), cuyo título procede del nombre real de la actriz protagonista y pareja del director aquel entonces, Diane Hall Keaton. Compone un esquema soberbio: la narración versa sobre la cronología de la pareja que componen Allen y Keaton, analizando minuciosamente sus inicios, sus debacles, sus reconciliaciones y, finalmente, su ruptura. Allen no puede evitar realizar claras alusiones autobiográficas, como la corta carrera de monologuista del protagonista.  La película, además, innova en el uso de determinados efectos visuales, como ver a Woody Allen convertido en dibujo animado, la transubstanciación de Keaton en un momento dado de la película o la forma permanente que Woody tiene de romper la cuarta pared para dirigirse expresamente a la audiencia. La película recibió el aplauso unánime de crítica y público, alzándose con 4 Óscars, que incluyen Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actriz Principal y Mejor guión;por supuesto, Woody, como permanente en su carrera (salvo en 2002, tras el 11-S), no asistió a la ceremonia de los Óscar, al encontrarse tocando con su banda de jazz, The Wild Man Blues. Con esta película, el fenómeno Woody Allen se expandió a nivel global, alcanzando esta película el nivel de clásico moderno, llegando algunos de sus diálogos a formar parte de las expresiones populares. Su monólogo inicial ha sido parodiado en numerosas ocasiones, y aquí aparecen reunidas sus temáticas más habituales: el psicoanálisis, la identidad judía, el papel del intelectual, las relaciones fatídicas… El humor y la tristeza, aunados por los designios de Woody Allen.

Instalado ya en la fama, Woody Allen decide romper con su siguiente trabajo lo que había sido su línea creativa hasta el momento: Interiores nace con la idea de homanejar a uno de los directores más venerados por el autor, Ingmar Bergman; protagonizada por Diane Keaton y Geraldine Page entre otros (fue la primera película del director en la que él no figuraba como actor), es un crudo y amargo melodrama familiar, lejos de las comedias características de Allen, que pretende con ella demostrar que no es un director de un solo género, sino un artista ecléctico que puede alcanzar todas las ramas de la representación cinematográfica. Sus planos amplios, la identidad chejoviana de sus personajes y la magnífica fotografía parece que convencieron a la crítica (la película recibió 5 nominaciones a los Óscar), pero dejaron frío al público norteamericano, que la consideró “demasiado europea”.

Para lidiar con el fiasco de su última obra, Woody Allen se encierra para escribir el guión de su nueva película y regresar al estilo que tanto le había costado definir. Con éstas, aparece en las pantallas Manhattan.

“Uno siempre está intentando que las cosas salgan bien en la ficción, porque hacerlo en la realidad es muy difícil”

Años 80: Ascenso, caída y Mia Farrow

Manhattan es el homenaje perfecto que Woody Allen rinde a la ciudad que le vio nacer y consagrarse: la inapelable fotografía con la que Gordon Willis ilustra la ciudad que nunca duerme, el conjunto insuperable de secuencias lúcidas en ese blanco y negro que domina la película resulta sobrecogedor, impactante, sobrio y puro. En este caso, lo que se cuenta resulta trivial, fútil, subordinándose a cómo se cuenta. La trama gira en torno a Isaac (Woody Allen), un guionista judío que renuncia a su trabajo para iniciar una nueva vida literaria. La historia sorprende por la evidente ironía de que Allen aparece emparejado con una adolescente (Mariel Hemingway), que supondrá una sospechosa referencia a vista de las veleidades de su vida. La deliciosa escena incial, con el Rhapsody in Blue de Gershwin como acompañamiento, es sencillamente formidable. Cabe señalar, además, que es la última película en que Diane Keaton aparezca con Allen hasta 1993, con Misterioso asesinato en Manhattan.

Tras el crítico descalabro que supuso Memorias de una estrella, en la que Allen, pecando de ominsa pretensión, buscaba rendir pleitesía al 8 ½ de Fellini (con una evidente recriminación hacia el comportamiento del público una vez consolidada su condición de estrella del cine), para su siguiente película, la insulsa La comedia sexual de una noche de verano, un filme plano y obviable, contará con la que será su musa y pareja durante casi 13 años: Mia Farrow, que protagonizará numerosos de sus próximos proyectos.

A pesar de los reproches de crítica y público, el director neoyorquino no se rinde con facilidad, y demuestra con sus siguientes cuatro cintas que su ingenio sigue vivo, clarividente y continuo: Zelig, rodada como un falso documental, cuenta la historia del homónimo del título (interpretado por Allen), un hombre camaleónico que se transforma (literalmente) a cada situación, etnia o credo con tal de sobrevivir en el mundo desangelado de los años 20 y 30 en EE.UU. Para este particular El gran Gatsby, Allen contó con los testimonios de verdaderas personalidades del mundo de la cultura, como Susan Sontag o Saul Bellow. Además, antes de que Zemeckis lo hiciese en Forrest Gump, Allen introduce a su personaje en momentos cruciales de su época, entremezclándolo con personajes históricos de la talla de William Randolph Hearst, Al Capone o el propio Adolf Hitler. Mia Farrow, por su parte, interpreta a la doctora que trata el caso de Zelig.

Broadway Danny Rose es, sin lugar a dudas, la joya oculta de la filmografía del director neoyorquino. Recuperando el blanco y negro, Woody nos cuenta la historia de Danny Rose, un representante de talentos que debe lidiar con una serie de personajes grotescos, atroces y dignos del mejor Fellini. Lo absurdo del argumento no resta, sin embargo, méritos humorísticos al autor: el filme es descacharrante de principio a fin, con el Allen encarnando el papel de perfecto perdedor que lleva con holgura y naturalidad, y el restaurante de la película (Carnegie Deli) se ha convertido en visita obligada para los fans del director, que incluye un plato llamado “Woody Allen”.

Siguiendo su fantástica racha creativa, aparece una de las piedras de toque del director: La rosa púrpura del Cairo. La veneración al cine más cinematográfica de todos los tiempos, metacine similar a Cinema Paradiso, de Tornatore. La trama juega con elementos fantásticos e irreales: una joven (Mia Farrow), camarera de poca monta, harta de los continuos abusos de su marido, decide refugiarse en la sala de cine, asistiendo a la producción que lleva por título el nombre de esta película; el actor protagonista (Jeff Daniels) abandona el celuloide, al caer rendido a sus encantos, renunciando literalmente a formar parte de la fantasía. Esta fábula amorosa, llena de contrastes, de diversiones visuales (incluyendo el cambio de color a blanco y negro según lo requiera la escena) contiene la moraleja final de Allen: la perfección no existe en la realidad, tan sólo en la ficción.

Acabo de conocer a un hombre maravilloso; es de ficción, pero no se puede tener todo”

El último trabajo de Allen en este espléndido ciclo es Hannah y sus hermanas. En él, se entrelazan las diversas vicisitudes de tres hermanas (encarnadas por Mia Farrow, Dianne Wiest y Barbara Hershey): sus tribulaciones, sus infidelidades, sus desamores, sus tragedias personales. Una vez más, Woody Allen demuestra ser un escritor perfecto para los papeles femeninos, interpretados con una elegancia sucinta, una virtuosa manera por las tres actrices. La melancolía insoportable se confunde en las tres historias, donde la soledad es el lugar común para las lágrimas. Las tres hermanas buscan incansablemente su lugar en esta inexplicable realidad: la felicidad es un fin escurridizo y pasajero. La película fue galardonada con tres Óscars: Mejor Guión, Mejor Actor Secundario (Michael Caine) y Mejor Actriz Secundaria (Dianne Wiest). Esta película, además, fue su mayor éxito de taquilla hasta el estreno de Medianoche en París. 

Con el éxito cosechado por esta serie de películas tan magistrales, Woody Allen decidió tomarse un descanso de genialidad: Días de Radio es un testimonio nostálgico de la aparición de la radio en el hogar de su infancia, y las repercusiones familiares que ésta conllevó. Haciendo ejercicio de autocomplacencia, Allen demuestra escaso esfuerzo para crear la historia, apenas un jalón autobiográfico con que saciar las demandas de los productores. Los más atentos habrán identificado al protagonista, Seth Green, haciendo del pelirrojo y lozano Allen de niño. El más entrañable anecdotario, pero no un trabajo digno de la calidad del autor.

Con el perdón otorgado a este último trabajo, Woody Allen encadena dos filmes en los que, pecando de un alarde orgulloso de genialidad, busca exprimir la materia más humanizadora del planeta, con insuficiente resultado: el desamparo. Así, Septiembre primero y Otra mujer después son reflejos de la inseguridad humana, personada en la fragilidad y debilidad de sus mujeres protagonistas, Mia Farrow y una excelente Gena Rowlands respectivamente. La intranquilidad y la ansiedad domina estos trabajos: se desarrollan en un ambiente claustrofóbico, infame, casi doloroso, con el rechazo lógico del espectador, nada habituado a este tipo de tramas en la órbita del director. Ambas películas forman parte de las más criticadas del director; su calidad final, pese a las similitudes con Hannah y sus hermanas, dista mucho de sus mejores momentos.

A pesar de esta evidente caída creativa, Allen cierra la década con la sorprendente Delitos y faltas, un estudio reflexivo sobre el lugar presente de la fe en el ser humano, así como del poder de la moral en la materia de la culpabilidad y el dilema eterno de la dicotomía entre el bien y el mal. Con la magnífica interpretación de Martin Landau como un oftalmólogo adúltero, Allen recupera parte del beneplácito del público que sus anteriores y vilipendiados trabajos le habían restado; además, restaura elementos cómicos a la trama, al situar en una posición secundaria su actuación, con el papel de un director de documentales que debe lidiar con un pedante creador de comedias (Alan Alda), logrando albergar en una misma cinta, de nuevo, tragedia y comedia. Esta película lanza la siguiente pregunta: ¿dónde esta la bondad actualmente?

                      “Dios es un lujo que no me puedo permitir”

Años 90: desmontando a Woody

Allen abre la década con dos películas menores, en las que una vez más, enfundándose el traje de Zelig, imita el estilo de otros directores: con Alice, protagonizada por Mia Farrow, Woody Allen recupera la estética de Giulietta degli spiriti de Fellini, con un producto final ramplón, amargo y vacuo, una suerte de sucedáneo del émulo original. No contento con un saldo de crítica y público tan pésimo, Woody insiste en el estilo ajeno (si bien con una terca simbiosis con sus conocidas frases perspicaces) con Sombras y niebla, notable ejercicio de fotografía ubicado en el expresionismo alemán de Fritz Lang, con el que Woody Allen refrenda su postura de director libre de ser tendencioso y capaz de igualar, o incluso superar, métodos artísticos. Sin embargo ambas películas son demasiado vacías, cojas, volátiles: ninguna convence del todo, al estar condicionadas, inevitablemente, por las anteriores obras maestras del director.

En 1992, se produce uno de esos extraños fenómenos que bien podría ser el argumento pragmático de una película de Woody Allen. En primer lugar, el director estrena Maridos y mujeres, un filme en el que describe los entresijos de dos matrimonios (él mismo y Mia Farrow por un lado, Sydney Pollack y Judy Davis por el otro) desestructurados, abocados a la ruptura, con una consecución de planos violentos, inestables y desajustados, que permiten entrever el dolor, la suspicacia, el rencor y la fatiga de los maridos y sus mujeres. El amor es una llama moribunda y fugaz que parpadea sin ánimo: esa es la pesimista visión sobre el matrimonio que refleja este guión. Poco antes del estreno de la película, el escándalo sale a la luz: Mia Farrow descubre unas fotografías íntimas de su hija adolescente adoptiva, Soon-Yi, con el propio Woody. La prensa amarilla se ceba con el director neoyorquino, que ve su vida, hasta entonces reservada, íntima y lejos de los flashes, convertida en materia de portada de todas las revistas del corazón. Su realidad sufre un revés: primero la ruptura con Mia, segundo el escarnio público, y tercero una sumisión en una negra nube de inoperancia creativa.

No obstante, Woody logra sobreponerse al juicio popular y estrena Misterioso Asesinato en Manhattan, en el que recupera para acompañarle en el reparto a su musa original, Diane Keaton. Es una película de puro entretenimiento, sin mayor intención que distraer al espectador, si bien ágil y frenética en cuanto al movimiento y de diálogos vibrantes: hermanada en temática con La Ventana Indiscreta de Hitchcock, cuenta como un matrimonio sospecha que su vecino podría ser un asesino, si bien ciertas cargas éticas y físicas (como la claustrofobia de Allen) les impide descubrir la verdad sobre el asunto. Es una publicación de menor grado, si bien de las más populares de Woody Allen, con un final icónico, referencia clara a La dama de Shangai, de Orson Welles.

                          “¡Claustrofobia y un cadáver! ¡El colmo de un neurótico…!

Balas sobre Broadway es el intento de Allen de saciar su fe de hacer una película de gángsters. En este, un joven dramaturgo (John Cusack) ve como la obra de su vida se ve permanentemente remodelada para satisfacer los deseos del capo mecenas de la misma, dado que su novia forma parte del reparto. Técnicamente perfecta, con una recreación histórica precisa y unos ambientes absorbentes y solventes, y las espectaculares interpretaciones de Dianne Wiest como la prima donna del teatro (en transparente homenaje a la Norma Desmond de Gloria Swanson en El crepúsculo de los dioses de Billy Wilder) y de Chazz Palminteri como el genuino matón de barrio, la película fue nominada a 7 Óscars, ganando solamente uno (Mejor Actriz Secundaria, Dianne Wiest).

 La producción de Allen parecía inagotable: su originalidad, su talento y su torrencialidad volvían a estar en boga, lejos de los frívolos equívocos que su maltrecha reputación reciente le atribuía. Sin embargo, los dos siguientes encargos dejaron mucho que desear: Poderosa Afrodita, una introducción de Woody Allen al teatro griego clásico para el público general es una película escasa y pingüe en ingenio y destreza; a pesar de la presencia de actrices como Helena Bonham Carter o Mira Sorvino, el resultado final revela una trama amena, desde luego, y que sería un empujón magnífico en la carrera de un director novel, pero que en el caso de Woody Allen es una pieza menor, apenas una leve mención en su cronología. Pese a todo, Sorvino se alzó con la estatuilla a Mejor Actriz Secundaria. Con el siguiente trabajo, Todos dicen I Love You, ocurre exactamente lo mismo: a pesar de que Woody Allen se inicia en el mundo del musical de manera respetable y desde luego encomiable, analizando cada hecho cotidiano con vista de cirujan, e incluso incorporando elementos esotéricos o fantasmagóricos que agiten la historia, se echan en falta chispazos que descoloquen y que ilustren, y aunque contar con intérpretes jóvenes de la talla de Julia Roberts, Natalie Portman, Edward Norton o Drew Barrymore en el reparto sirve para darle brillo, el filme resulta mediocre, insatisfactorio, irrelevante para cualquier crítico cinematográfico. Son películas de consumo rápido, si bien mejores que algunos subproductos cinematográficos de la época.

Con su siguiente filme, Woody Allen recupera la agudeza y la inteligencia tenaz que no se percibían desde Delitos y Faltas: con el título estructuralista de Desmontando a Harry, Allen nos ofrece un trabajo genuino y curiosamente  empático: comedia con tintes negros, relata la frustración creativa del escritor Harry Block, a la vez que nos inmiscuímos en los laberintos de su vida, descubriendo, una vez más, la árida miseria y la fatal relación que tiene en la realidad y, sin embargo, la vigorosa fortaleza que demuestra en la ficción. En última instancia, no es a Harry a quien se desmonta, sino al propio Woody, que nos descubre los espacios más privados de su vida (su ruptura, su incapacidad para escribir, su rol como judío…), desnudándose significativamente con esta película, y asumiendo su mortalidad como artista y como persona. Verdadero tesoro del cine del autor,  las escenas se suceden de manera abrupta, con cortes repentinos entre diálogos, reflejando una vez más la debilidad de la vida del neoyorquino, que siente que ya no forma parte de ningún lugar, que está desenfocado, al igual que en la alegoría de la película.

Tras la aparición de la insulsa comedia en blanco y negro sobre la vanidad de los famosos y el papel preponderante de las prensa actual, Celebrity (a pesar de la presencia de revienta-taquillas como Charlize Theron, Leonardo Dicaprio o Winona Ryder, sin contar el carisma interpretativo de Kenneth Branagh), Woody claudica los noventa con un nuevo regreso al pasado: en este caso, los años 20 en el sureste americano. Acordes y desacuerdos nos remite la vida de Ray Emmett (un soberbio Sean  Penn), un músico itinerante de jazz, que se considera a sí mismo el mejor guitarrista del mundo,  tan sólo por detrás de “ese gitano de Django Reinhardt”. Durante hora y media, asistimos al espectáculo que es la vida de Emmett: sus conquistas, sus borracheras, sus hundimientos y su extraña sensibilidad. Durante la película, aparecen intercaladas escenas con entrevistas a expertos de jazz o al propio Allen, que explican la situación de Emmett. Entre el reparto también podemos contar a Uma Thurman o Samantha Morton.  La banda sonora es, sencillamente, impecable.

                                                           Palabras de sabio

Los 2000 y actualidad: muerte y resurrección, guías de viaje

La aparente  tautología argumental de las últimas películas de Woody Allen se hace, cada vez, más evidente: se comienza a entrever un modelo caduco, monótono, como si simplemente cambiase la disposición de los elementos, pero el fondo fuese idéntico a sus clásicos. Los críticos le reclaman una necesaria transformación de su estilo; de lo contrario, se convertirá en un monolítico dinosaurio del séptimo arte.

El comienzo del nuevo milenio nos ofrece una serie de películas de Woody malas o muy malas, y sin embargo entretenidas, debido al “efecto Woody Allen”, dotándolas de gracia e ingenio, que con algún reseñable diálogo salva la más  pésima de las creaciones. Tras la retirada del negocio de Rollins y Joffe, Allen acepta la oferta de contratación de la productora DreamWorks, que se encargará de financiar sus próximas películas, a cambio de que las haga accesibles y familiares; es decir, que limite los elementos o referencias que el espectador medio no pudiera entender. Nace así una película como Granujas de medio pelo, una historia sobre el intento de robo a un banco que fracasa, pero cuya tapadera resulta tener más éxito que el plan original. Es una mezquindad intolerable, un fatídico documento prescindible en cualquier biblioteca; su calidad es tan ínfima que ni siquiera entretiene, plastificando la risa en cada escena, regalando exabruptos de pseudohumor a espuertas.

Similar a este es su siguiente proyecto: La maldición del escorpión de Jade. La aparición de la oscarizada Helen Hunt o de la atractiva Charlize Theron no quita que este intento de parodia del cine negro no roce el ridículo más absoluto: incluso el propio Woody se distancia de su papel clásico, endilgándose un personaje macabro, una especie de malogrado Bogart, que ni le corresponde ni le hace justicia. En factura, una dolente hora y media de medianía de show, pese a haber sido el filme más caro de toda su carrera, con una cuenta final de 26 millones de dólares.

Un final made in Hollywood mejora levemente la imagen que venían ofreciendo las producciones de Allen. Reestructurando su propio papel, e incorporando elementos ciertamente autobiográficos de nuevo, contemplamos a Woody haciendo de Woody una vez más, en el rol de un director consagrado en horas bajas que, por un ligero accidente, pierde temporalmente la vista en el momento de rodar la película que podría ser su resurgimiento como autor, tras una cadena de estrepitosos fracasos. En otras palabras, la persona de Woody Allen retorna a la gran pantalla, dispuesta a recuperar el respeto extraviado. Coincidiendo con el estreno de este trabajo, el director neoyorquino recibió en 2002 el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, además de la erección de la conocida estatua de su figura que se encuentra en Oviedo. He aquí el discurso de Allen tras recibir el galardón.

Las siguientes dos producciones continúan esta línea comercial que marca los primeros trabajos de la década: construidas de cara al público y a la galería, apenas breves destellos de destreza e inteligencia, y contagiados por chistes malos e innobles. Es el caso de Todo lo demás Melinda y Melinda, dos películas muy similares en argumento, imagen y saldo final. En la primera, Jason Biggs hace a las veces de álter ego de Woody, atrapado en un matrimonio con una mujer que ni le quiere ni le deja ir (una exageradamente histriónica Christina Ricci, incluso para tratarse de un papel escrito por Allen); en la segunda, Allen elucubra sobre los distintos avatares que puedan sobrevenir al sino de una pareja, contemplando cómo valora cada uno de ellos su relación. Es una película que retoma la extraña simbiosis entre drama y comedia, tan recurrente en su filmografía, pero exigua y pobre, con un Will Ferrell descolocado ejerciendo de un extraño neurótico. La crítica condenó estas cinco primeras películas del milenio, y así lo hizo también el público; parecía que el tiempo del genio de Brooklyn había tocado a su fin, y que lo único que asomaba en el horizonte era una jubilación forzosa. Como él mismo diría: “Dios ha muerto, Nietzsche ha muerto, y yo no gozo de buena salud”.

Pero el tesón de Woody es demasiado poderoso: para su siguiente película decide traicionar a la que había sido su amante más fiel, Nueva York, cruzando el charco e instalando la producción a orillas del Támesis: Londres es la ciudad elegida por el director neoyorquino para comenzar a rodar su nuevo trabajo, Match Point. Inspirándose en la novela Crimen y castigo de Fiódor Dostoievski, narra la historia del arribista profesor de tenis Chris Wilton (Jonathan Rhys-Meyers), que aprovechándose de los numerosos contactos de su prometida entre las clases altas británicas logra una posición acomodada y privilegiada. Sin embargo, su plan parecía haber fracasado cuando engañó a su mujer con la esposa de su cuñado: la nueva musa de Woody, Scarlett Johansson. Esta película es un hito en la carrera de Allen por varios motivos: el primero de ellos, ya mencionado, es el distanciamiento de la urbe amada, quizás en busca de purificación, redención y reivindicación como artista; el segundo de ellos es la disposición visual y argumental de la película: ninguna otra obra del director había tenido tal carga de intensidad, de vigor emocional, de fragilidad de sentimiento, permitiéndonos percibir el paroxismo de culpa del protagonista como testigos directos, y dejando en el espectador la decisión final de condenarle o salvarle para la causa; en tercer lugar, abre con este trabajo una serie de películas que él mismo tildará como “guías de viaje”, ya que, situadas en determinada ciudad, recorre los lugares más emblemáticos de la misma de un modo bastante turístico; finalmente, cabe señalarse que ésta es la primera colaboración de Woody con la voluptuosa y seductora Scarlett Johansson, que protagonizará otros dos filmes con el director neoyorquino, rejuveneciendo con ello su cine.

                                   “Sófocles dijo: No haber nacido nunca puede ser el mayor de los favores”

Tras el clamor unánime de público y crítica con Match Point, se genera una espera ansiosa de su siguiente película: el renovado estilo del autor es elegante, pulcro, letal. Sin embargo, las siguientes dos películas de Woody recuperan su tono habitual, si bien no se distancian de la ciudad del Big Ben. Scoop, recuperando el gusto por la prestidigitación, la magia y la fantasía que no mencionaba desde Sombras y niebla, cuenta la historia de una estudiante de periodismo (Johansson) que encuentra la exclusiva de su vida: el asesinato de un famoso reportero, cuyo fantasma es traído a la vida por un mago (Allen) informándole de quién fue el asesino (Hugh Jackman), al que deberán descubrir ante la prensa. Es una comedia simpática, sin duda, pero que decepciona a vista de la inquebrantable Match Point. Menos memorable es, indudablemente, El Sueño de Cassandra. Ewan MacGregor y Collin Farrell: dos actores reconocidos, por supuesto, pero que no logran ni el arqueamiento de una ceja en el espectador. Una serie de estériles esfuerzos de arrancar forzosamente una risa, acaba convertido en un doloroso bostezo emitido sin ánimo. Y todo ello por un velero bergantín.

Woody se vuelve a trasladar de ciudad, en su afán peregrino, para rodar su siguiente obra, y elige la ciudad que es bona si la bossa sona: Barcelona. Recuperando a Scarlett Johansson, y contando con dos actores españoles de proyección hollywoodiense máxima (Javier Bardem y Penélope Cruz), es una historia nimia y vulgar, sobre el poder de los artistas para cuestionar la moral, sobre el deseo desatado de las pasiones erróneas. En un tono desconsiderado con el público, esta sarta de clichés obscenos pareció ser del agrado de la Academia, que dotaron con un Óscar a la Mejor Actriz Secundaria a Penélope Cruz. Jaume Roures estará contento con el resultado final, ya que fue demanda suya, en gran parte, pero prostituir el cine de Woody Allen tan gratuitamente resulta descortés, herético y atroz, obviando la demonización de este filme.

Se encadenan ahora dos nuevas comedias menores en la prolija autoría del director. Si la cosa funciona, con el sobresaliente Larry David en el papel principal, retrotrae la tradicional verborrea enfermiza y nihilista del Allen habitual, jugando con su posición de consabido iconoclasta, retomando una sátira lánguida sobre el descomunal ego de los intelectuales, con la moraleja final de que la inteligencia no es tan sólo cuanto hay en los libros. Con Conocerás al hombre de tus sueños, se reincorpora como eje de la narración lo esotérico, el ocultismo y la nigromancia, si bien la trama es floja, floja, y las interpretaciones indeseables y modestas. Es uno de los filmes más discretos y más olvidados de su filmografía, y con este comentario queda bastante claro la repercusión que pudo tener tanto en taquilla como en crítica, tan sólo una pestaña perdida, una obra más secundaria que Peter Lorre.

Medianoche en París marca una nueva pausa necesaria en sus trabajos: el escritor Gil Pender (el narigudo Owen Wilson) viaja con su prometida y la familia de ésta a París, donde conocen a una pareja de amigos cuyo marido no es del agrado de Gil, dado su impertinente y petulante tono. Una noche, caminando sólo por el Barrio Latino a la medianoche, Gil es rescatado por el mismísimo Ernest Hemingway, que lo lleva al París de los años 20, a las hedonistas fiestas de la Generación Perdida, con Scott Fitzgerald, Pablo Picasso, Gertrude Stein… El optimismo eficaz y la felicidad irreal que desprende la película nos recuerda tiempos mejores de Woody Allen que, sin embargo, nos condena con el mensaje último de esta película: no podemos vivir en la nostalgia. Quizás el film peca en exceso de intentar presentar a todos los intelectuales de esa época de un modo tan fugaz y superficial, como un inicuo dossier, frío y frívolo. Cabe destacar el soberbio cameo de Adrien Brody como el disparatado Salvador Dalí y su inusual obsesión con los rinocerontes, además de la línea de continuación de las guías de viaje, esta vez en la capital francesa, y el Óscar al Mejor Guión Original. Su último trabajo (de este año) A Roma con amor, ya fue tratado en esta misma página, de modo que me ahorraré su presentación.

              “La nostalgia es negación. Negación del doloroso presente”

Cuando yo sólo sea memoria de una piedra sepultada entre ortigas sobre la cual el viento escapa a sus insomnios, y me pregunte qué cosas hacen que la vida valga la pena, pues se me ocurrirán una serie de factores: la trilogía eléctrica de Bob Dylan, las sombras de los cuadros de Hopper, el Hungarian Rhapsody nº2 de Listz, algunos versos sueltos de Huidobro… y, por supuestos, las películas de Woody Allen.

 

No sirvo para la vida, sólo valgo para el arte y para divertir a la gente”