El “efecto lucifer” y los abusos policiales

Hace ya bastantes años que nuestra sociedad superó algunas de sus creencias más mágicas. La inmensa mayoría de las personas ya no cree en Dios, en el Cielo, en el Infierno o en el Demonio, Satán, Lucifer. Sin embargo, durante la Segunda Guerra Mundial el hombre fue capaz de cometer crímenes imperdonables sin ninguna razón aparente, las personas fueron capaces de abandonar todo aquello en lo que creían y dejar de ser personas por un momento.

Este podría ser el principio alternativo de “El efecto Lucifer”, libro en el que Philip Zimbardo plasmó la historia de uno de los experimentos más famosos de la psicología social: El experimento carcelario de Stanford.

Zimbardo reunió a un grupo de 24 universitarios con una consigna clara: participarían en un experimento durante 14 días, obtendrían 50€ cada día por cumplir con un papel en una prisión ficticia situada en el sótano de la Facultad de Psicología de la Universidad de Stanford. 16 de ellos serían carceleros, los otros 8 serían reclusos.

El experimento pretendía responder una pregunta sencilla: ¿puede el poder corromper a las personas?, para ello diseñó el experimento carcelario, y cuidó mucho los detalles buscando el máximo realismo. Pidió a la policía que detuviera a los reclusos en sus casas, simulando una detención real. Cuando estos llegaron a la prisión los esperaban los guardias del primer turno, perfectamente uniformados como carceleros, que les darían sus monos naranjas con un número: su única identificación dentro de la prisión.

Como era de esperar, los 8 estudiantes universitarios no llevaron muy bien la férrea disciplina de la cárcel, empezaron a tomar el pelo a los carceleros, a hacer bromas, a comportarse como haría cualquier universitario. Zimbardo sabía que esta situación se daría, y no dudó en alentar a los carceleros a que utilizaran su poder de castigo para terminar con esa situación.

Zimbardo creó un pequeño
Guantánamo en el corazón
de los Estados Unidos

Los guardias empezaron a disfrutar de su tarea. Algunos pedían hacer horas extra, y dilataban su turno para poder comentar el día con sus otros compañeros. Pronto empezaron a organizarse, a preparar castigos y torturas para los presidiarios. Limitaban la cantidad de comida, la salaban en exceso, los obligaron a desnudarse, cacheos innecesarios, les obligaron a llevar bolsas en la cabeza, los despertaron en medio de la noche con mangueras de agua fría, en definitiva, crearon un pequeño Guantánamo en uno de los corazones científicos de los EUA.

Zimbardo no tubo más remedio que detener el experimento para evitar males mayores, muchos de los presos tuvieron secuelas de por vida, y los presidiarios no eran capaces de comprender como habían podido ser tan crueles.

Puede parecer que estos fenómenos solo podrían pasar en el ambiente presidiario y que las conclusiones de este experimento no son extrapolables a la vida diaria, sin embargo, el proceso de desindividuación que provocó toda esta situación sucede a diario.

La desindividuación es un fenómeno por el cual una persona pierde su “forma de ser” asumiendo una “forma de ser grupal”, permitiéndole hacer cosas que nunca haría en solitario. Está muy relacionada con la difuminación de la responsabilidad, es decir, como los demás también lo hacen, yo me siento mucho menos culpable.

La persona desindividuada
deja de ser una persona,
es parte de un grupo,
no es responsable

Podemos verlo a diario en las escuelas, cuando un niño bondadoso en teoría se une a sus amigos para abusar y vejar a uno de sus compañeros, podemos verlo en los antidisturbios, cuando salen a la calle golpeando a los manifestantes como si fueran objetos, y hasta podemos verlo en The Walking Dead cuando hay que matar a personas vivas no sea que te maten a ti.

Sin embargo, demos un paso más en la idea de los antidisturbios, en la idea de los abusos policiales. Zimbardo buscó la desindividuación desde el principio. Hizo que los guardias de la prisión fueran todos uniformados, que tuvieran un estatus de poder y una serie de herramientas con las que castigar a los no poderosos, les puso gafas de sol para que sus rostros no fueran reconocidos. Solo le faltaba quitarles el número de identificación para que pudiéramos poner a los antidisturbios como ejemplo. También buscó la desindividuación en los reclusos, les dio una vestimenta particular, así como unos supuestos crímenes que nadie conoce y les dio un número como única forma de identificación. Es algo parecido a lo que les pasa a los manifestantes. Son personas anónimas, a muchos de ellos se los categoriza como parte de un grupo con un vestimenta, unas ideas, unos comportamientos y un valor determinado: como perroflautas, como enemigos del sistema.

Sin embargo, por mucha desindividuación que exista, ¿cómo se justifican barbaridades como la de Atocha? Lo cierto es que el caso de los antidisturbios es mucho más complicado de lo que parece. En primer lugar, a la hora de seleccionar a las personas que formarán parte de esos equipos, se tiene en cuenta su personalidad. No se buscan personas violentas, pero sí personas dominantes y con tendencia a plantar cara a los problemas de la forma más dura posible.

Escogen a los más
dominantes y los irritan
para que sean más violentos.

Por si fuera poco escoger a los sujetos indicados, crean un ambiente que despierta su ira. Los concentran a primera hora de la mañana, para que no descanse correctamente, les obligan a equiparse y a pasar todo el día con unos trajes incómodos y que dan calor. Los introducen en furgonetas con poca ventilación, hacinados y expuestos al Sol durante horas. Para que tengan claro contra quién deben descargar su rabia, dejan que los manifestantes golpeen las furgonetas, que los insulten e incitan al odio.

Puede que nuestra sociedad haya superado la idea de que es la mano del demonio la que está detrás de la maldad del hombre, pero este caldo de cultivo que es el Efecto Lucifer es responsabilidad de las autoridades que orquestan estas situaciones. Los políticos salen a la palestra a cargar contra los antidisturbios con toda la razón del mundo, su conducta es intolerable, sin embargo no se culpa a sus superiores de los métodos de inoculación de emociones.

Es evidente que esto que os acabo de contar no resta responsabilidad a los antidisturbios, al igual que no se la resta a los soldados nazis que cometieron crímenes atroces. Pero es más evidente todavía, que si este 14 de Noviembre los antidisturbios salen a “controlar una manifestación” con la ira y la violencia en la cabeza no habrá sido Lucifer quien les haya empujado, si no que habrá sido el Estado a través de sus herramientas quien habrá incentivado la violencia de los violentos.

*Las imágenes utilizadas son las originales del experimento de Zimbardo, han sido recogidas de diferentes webs que se hacen eco de las mismas.

*Foto de portada: Un hombre herido durante los enfrentamientos entre manifestantes y policías durante las protestas del 25-S Pierre-Philippe Marcou – AFP

Enlaces de interés:
REDES – La pendiente resbaladiza de la maldad
“El Experimento” – Trailer
 Web del experimento – Web en la que puedes ver todo el desarrollo del experimento, con fotografías, vídeos y todos los contenidos que existen.