¿Por qué somos de izquierdas o de derechas?

– Los de derechas son unos ladrones que se pasan la vida robando a los trabajadores los esfuerzos de su trabajo. – Los de izquierdas son unos vagos que piensan que Papá Estado va a estar ahí toda la vida para sacarle las castañas del fuego. – La derecha solo quiere el poder y busca mantenerlo cueste lo que cueste. – La izquierda quiere que todos seamos iguales siendo pobres. – A la derecha no le duele ver gente morir de hambre. – La izquierda mata la libertad de las personas. – Para la derecha el dinero es lo único que cuenta…

Izquierda y derecha, la batalla parece que nunca tendrá fin. Pero realmente, ¿qué significa ser de izquierdas o ser de derechas? Con los tiempos que corren es un poco difícil diferenciar, con tanta publicidad amenazando nuestras conciencias sin que nos demos cuenta. Sobre todo después de un proceso electoral como el gallego, en el cual tergiversar los principios políticos del contrario fue el pan nuestro de cada día.

El origen del término que marca la segmentación ideológica está, como casi todo en nuestro sistema político, en la revolución francesa. Allí, en la Asamblea Constituyente, las distintas ideologías (progresistas y conservadores) se distribuyeron por la sala de izquierda a derecha, tan simple como eso. Obviamente no estamos hablando de sentarse más cerca de la puerta o de la ventana, la cuestión es como organizamos nuestra sociedad. Entonces, ¿en que se basan para diferenciarse las distintas ideologías? ¿cual es el origen de esa identificación hacia uno u otro lado? Para encontrar esa respuesta es necesario dejar de lado todo lo aprendido, prejuicios incluidos, sobre la política que conocemos. Ser de izquierdas o derechas no depende de libertades o derechos, está claro que todos queremos cuanto más mejor. No depende de conceptos como la propiedad pública o privada porque tampoco es que importe realmente mientras tengamos la posibilidad de ganarnos la vida sin grandes problemas y de dar un futuro a nuestros hijos. Lo importante, lo que define como nos organizamos, como nos comportamos unos con otros, como debe ser nuestra sociedad, es la llamada concepción antropológica del hombre, el mito del bon sauvage, el saber si realmente somos buenos o malos por naturaleza. Si la violencia, la competencia y el egoísmo están escritos en nuestro ADN en el lugar de la bondad y la colaboración. Si progresamos más como grupo o compitiendo entre nosotros.

¿Seguro que solo es un chiste?

Ante esta diferencia fundamental las ideologías comenzaron a alinearse según su concepción del estado natural de las cosas. La izquierda tradicional, la idealista para muchos, plantea que el ser humano no es malo en su estado natural. Pero también es cierto que muchos filósofos y autores, como Rousseau, que afirman que si bien no somos malos por naturaleza si nos hemos corrompido por la sociedad desigual de los hombres y es necesario un “contrato social” (el pacto por el que los ciudadanos pierden libertad a cambio de seguridad y un sistema social organizado que le darán los gobernantes) para frenar la maldad humana asimilada. La derecha plantea que el hombre es malo de por si, y ya que es algo innato que no podemos cambiar, los humanos deben seguir las leyes que siguieron siempre, las de la naturaleza. Unas leyes que permitan a todos luchar y competir libremente y donde el más adaptado al medio es el ganador, el llamado Darwinismo social. Esta forma de organización social es la que da lugar a pensamientos como “Si eres pobre es porque lo mereces, no luchas y compites por ser el mejor”, un argumento increíblemente extendido en muchos países capitalistas. En USA por ejemplo se le llama “no tener el espíritu americano”, una manera suave de decir que mereces extinguirte, porque ser pobre demuestra que no eres válido y la humanidad evolucionará más y mejor sin tu genética.

Sin embargo, esta no puede ser la única manera de ver las cosas. El pensamiento moderno y la lógica, incluso la darwiniana, me dicen que el ser humano no tiene naturaleza sino historia, y solo esta es la auténtica responsable de la forma de ser y actuar de los humanos. Es innegable que somos producto de la evolución, y como tal estamos sujetos a principios como el determinismo causal, la herramienta evolutiva básica para la supervivencia. El ejemplo clásico para el determinismo son tres trogloditas en sus cuevas que de pronto escuchan un ruido fuera. Uno coge la lanza y sale de su cueva a mirar que pasa para estar preparado, otro sale a saludar amigablemente sin mayor temor a lo que pueda pasar y el ultimo se queda dentro. Obviamente, si lo que hay fuera es un oso, el primero tiene más posibilidades de sobrevivir y tener descendencia que los otros dos, que posiblemente acabaran siendo comida. Si aún por encima mata al oso para asegurarse que no vuelva, sus posibilidades aumentan todavía más. Aunque la derecha ha tratado tradicionalmente de justificar su concepción humana a través de ejemplos como este, o el clásico del egoísmo innato en un bebé humano, esto no demuestra que seamos malos, sino que la práctica diaria de la vida salvaje nos moldea de la manera más efectiva para la supervivencia en un entorno hostil.

Este es el auténtico problema, el entorno y como estamos programados para reaccionar en él. El determinismo causal, como toda herramienta evolutiva, es lento y se moldea con el paso de muchas generaciones. Hace miles de años nos valía para saber desenvolvernos, pero la sociedad ha cambiado muy rápido en los últimos siglos y hoy por hoy lo que hace es revelar que estamos desadaptados del medio. Hace tiempo demostraron en Redes como hoy en día un bebé tiene un miedo innato a una serpiente, su reacción natural es intentar escapar, pero sin embargo no tiene ningún tipo de temor a meter los dedos en un enchufe. Obviamente no hay lugar a comparación entre la cantidad de bebés que mueren mordidos por una serpiente y los que lo hacen por meter los dedos en un enchufe. Dicho de otra manera, con el ejemplo de los trogloditas. Si tres personas en una gran ciudad escuchan ruidos violentos a la puerta de sus apartamentos, los dos que salen de su “cueva” tienen más posibilidades de recibir un navajazo o un disparo que el que se queda dentro. Los tiempos cambian, y el ser humano cambia con ellos.

Cierto es que vemos a diario la maldad humana en todas sus expresiones, a nuestro alrededor, en nuestros semejantes. Demasiado optimistas tenemos que ser para pensar hoy en día que el ser humano es bueno y bondadoso. La historia de la humanidad es una crónica interminable de guerras brutales, sadismo y exterminio. Sin embargo vemos que la curva de violencia ha venido en constante declive desde finales de la Edad Media y presenta su punto de inflexión a comienzos de la Ilustración.  La “era de la razón” coincide con una disminución significativa de los niveles de violencia. Puede ser que sigamos siendo violentos y competitivos los unos con los otros, a lo mejor de maneras más sutiles que antes, pero por lo menos ya no le damos un estacazo en la cabeza al primero que pasa por delante de nuestra cueva. La educación tiene una función en nuestras vidas, y es hacernos mejores.

La derecha piensa que somos así y así tenemos que organizarnos, ley de la selva y que sean la evolución y los mercados los que dictaminen quién es el mejor. La izquierda piensa que todavía hay una salida honorable y digna del ser humano, consecuencia de sus propios actos, voluntarios y racionales. Pesimistas contra optimistas podría ser la reducción final para todo. Pero sin embargo, no me resigno a creer que sigo siendo poco más que un mono que perdió el pelo y vive en una jungla de metal. ¿Algunos lo creen así? Allá ellos, pero lo que tengo claro es que darles el voto es la mejor manera de darles la razón.