El juicio del necio

Que una novela alcance la inmortalidad no radica en que logre la popularidad en su época de publicación; la verdadera virtud reside en que aspire a la intemporalidad, al juicio inmutable de la posteridad, aunando temas que trasciendan los someros, los vulgares; aquéllos que, punto a punto, revelen el espíritu miserable y patético de la humanidad, su naturaleza vehemente y despiadada.

El ruido y la furia (1929) es un claro ejemplo de este modelo. William Faulkner despedaza impúdicamente los últimos reductos de la dignidad humana, con su Ecce Homo particularmente débil, insensato, fatal. El autor utiliza como paradigma de su filosofía a la familia Compson, una estirpe de protervos sureños norteamericanos con los que, desde su ascenso y caída, Faulkner retrata las intenciones más abyectas, las bajezas más intolerables. Faulkner recoge el título de su novela de un verso de Macbeth, de William Shakespeare, que reza que “La vida no es más que una sombra que pasa, un pobre cómico que se pavonea y se agita una hora sobre la escena y después no se le oye más…un cuento narrado por un idiota lleno de ruido y furia que nada significa”. Faulkner no sólo hereda este verso del Bardo de Avon, sino que vertebra el libro a su alrededor, construyendo la personalidad de sus personajes en torno a esa descripción lírica que Shakespeare ofrece.

En primer lugar, cabría hablar de la sombra que pasa: el errático Quentin Compson, el mayor de los hermanos, cae con facilidad en la psicosis del tiempo, en sufrir ante el inevitable juicio de las manecillas. Siente una pasión incestuosa hacia su hermana, algo que, ineluctiblemente, condiciona la vicisitud de sus acciones, y cuyo final resulta sorprendente por inesperado y por impactante. El pobre cómico que se pavonea y agita es Jason Compson, el hermano menor, heredero principal de las tierras familiares, cuya única y verdadera obsesión es salvaguardar su propio patrimonio, sobreponiéndose tanto a la evidente tragedia familiar que lo rodea, como a su escrupulosa carencia de empatía; Jason, misántropo confirmado, luce un solipsismo atroz, erigiéndose como el paradigma principal que Faulkner utiliza para ilustrar al ser humano, lleno de egoísmos, de pecaminosos propósitos, de insidiosas vanidades, que no tiene el menor reparo en maltratar a su ahijada con la única pretensión de que le deje dormir.

                                              

                                                           Faulkner, Nobel de Literatura en 1949

Un personaje que no aparece mencionado en los versos de Macbeth es Caddy, la hermana intermedia, que supone el único salvoconducto moral que el autor dispone en la obra: ella es la idea de la bondad, de lo justo y lo correcto, que lucha decididamente contra el terror y el horror que su hermano Jason dispone: así, pues, nos enfrentamos a la clásica dicotomía, el bien contra el mal, que Faulkner camufla con destreza en las palabras de estos orgullosos jóvenes; sin embargo, Faulkner nos desconcierta con un último giro a la trama, puesto que la propia Caddy oculta una lascivia permanente, un libertinaje severo, que el autor ilustra cuando su ropa interior aparece manchada de barro en una de las escenas iniciales.

Finalmente, el personajes más fascinante y más sobrecogedor de la obra, el idiota lleno de ruido y furia, no es otro que Maury, al que sus hermanos llaman Benjy, un asustadizo chico con retraso mental, que llora continuamente, y que sufre el continuo vilipendio de sus hermanos, salvo de la cariñosa Caddy. Incapaz de expresarse o hablar, su capítulo está estructurado sobre las percepciones de lo que le rodea de un modo muy neutral, funcionando casi como una cámara fotográfica: Benjy tan sólo cuenta lo que ve, viviendo él dependiente de lo que los demás decidan hacerle. Se ha especulado con que el personaje de Benjy se identifique con la figura de Jesucristo, y que cada llanto de éste no es más que la sensación continua del mal que habita en su familia; esta teoría no fue confirmada ni desmentida por el autor. En cuanto al resto de personajes, cabe destacar a la carismática Dilsey, la matrona negra que conoció todas las veleidades y avatares de la estirpe de los Compson, al haber trabajado para la familia durante generaciones; Faulkner le dedica el último capítulo, como una especie de visión retrospectiva de la evolución familiar.

La lectura de este libro se hace ardua y laberíntica para los lectores primerizos; en primer lugar, por el estilo críptico y confuso de Faulkner, que usa a sus personajes como meros títeres de sus intenciones, atribuyendo a cuatro actores diferentes la voz de los cuatro capítulos que conforman toda la obra; en segundo lugar, por la ubicuidad deliberada de la acción, tanto en la referencia temporal como en la espacial: los hechos se suceden sin que sepamos cómo ni cuándo ocurren, algo que acaba resultando desconcertante y frustrante; finalmente, la variedad estilística con la que el autor dota la narración de cada uno de los protagonistas, con la pre-eminencia del monólogo interior, a exepción del capítulo final, que transcurre como un relato común; así mismo, el estilo de cada narrador se adapta a su personalidad, de modo que nos encontramos con cuatro formas diferentes de contar su testimonio en un mismo libro, comprendiendo así la dificultad que Faulkner encaró a la hora de redactar el manuscrito.

Faulkner nos lega un relato, pues, incorruptible, imperecedero, fruto de una de las mejores prosas del siglo XX. El reflejo de la tragedia humana, la verdad necesaria de nuestro drama vital, fluye por las páginas de esta obra con libertad y elegancia soberbias. Faulkner nos desnuda con el desprecio necesario, revelándonos indefensos y mortales, lejos de nuestras habituales ínfulas eternas. Porque, al fin y al cabo, la vida no es más que nuestro indiscriminado juicio de necios.